Luis Fernando Astorga avanzó hacia el estrado con los hombros hundidos, como si llevara a cuestas un peso que no pertenecía a este mundo. La mirada, vacía, se arrastraba sobre el suelo, rehuyendo los rostros, como si temiera que el contacto humano pudiera desgarrarlo aún más.
Detrás de él, las altas ventanas dejaban filtrar una luz plomiza. El cielo, del mismo tono apagado que sus ojos, amenazaba con romperse en lluvia. El aire estaba quieto, pero cargado; cada respiración se le escapaba a saltos, como si atravesara cristales invisibles.
En el pecho, el dolor no era un recuerdo: era una herida abierta. Emilia… su pequeña Emilia. Su princesita. La risa que iluminaba la casa ahora era un eco mutilado. Le habían arrancado la vida con manos ajenas, las manos de Camilo Hernández, sentado al otro lado de la sala junto a su abogado.
Camilo, rostro conocido en los rincones más oscuros de la ciudad, se recostaba en su silla con la soltura de quien nunca ha temido a la justicia. Los brazos cruzados. Los ojos entornados. Las comisuras de los labios apenas curvadas en un gesto que insinuaba una sonrisa, pero que olía a desprecio. Este juicio, lo sabía, era un trámite. Había burlado a la ley antes, y lo haría otra vez. En su mente, ya se veía respirando el aire libre mucho antes de lo que cualquiera quisiera imaginar.
El abogado se acercó al estrado con paso lento, midiendo cada movimiento como si temiera que un gesto brusco pudiera romper la frágil compostura de Luis. Lo observó un instante, con esa mirada de compasión que no alcanza a aliviar nada.
—Señor Astorga… —dijo, con voz grave— ¿cómo era Emilia?
Una mueca que oscilaba entre sonrisa y herida se dibujó en el rostro de Luis. No era alegría, tampoco llanto; era el reflejo de un recuerdo que duele.
—Emilia… —suspiró— era toda luz. Alegre, inquieta… un torbellino de risas. Tenía ocho años y siempre estaba inventando juegos. Le encantaba montar su “salón de belleza” y arrastrarme como cliente. Terminaba con la cara pintada de colores imposibles y las uñas manchadas de esmalte rosado.
Sus manos se entrelazaron con fuerza, como si intentara atrapar aquel momento que ya no existía. Se lamentaba, en silencio, de haberse limpiado tan rápido aquella vez… sin saber que era la última.
—¿Y qué ocurrió ese día, señor Astorga?
Luis tragó saliva, y su voz salió un poco más baja.
—Ella quería ir a un parque de diversiones. Lo había dicho semanas antes, y yo… yo quería dárselo. Así que la llevé a los Juegos Diana, junto al Parque Almagro. Incluso nos fuimos en metro, para que lo conociera.
Camilo Hernández, en su asiento, escuchaba como quien soporta una teleserie mediocre: la mirada perdida, la mandíbula apenas sostenida por la rutina.
—Llegamos al local, pagamos la entrada… jugamos, reímos. Después salimos a comprar algo de comer, y fuimos al parque. Había otros juegos, y Emilia me pidió ir. La dejé.
La voz de Luis se quebró, un sollozo ahogado que arañó la sala.
—Me llamaron del trabajo… treinta segundos, no más. Treinta segundos. Cuando guardé el teléfono, Emilia… —respiró hondo, pero el aire pesaba— Emilia ya no estaba.
El abogado suspiró al mismo compás que el llanto ahogado de Luis.
—Gracias por su declaración, don Luis. Puede volver a su asiento.
Luis asintió apenas y se retiró, limpiándose las lágrimas con la manga de su chaqueta. El tejido áspero raspó su piel húmeda. Por el rabillo del ojo, lo vio: Camilo, inclinado hacia su abogado, murmurando con una complicidad repugnante. Sonreía.
No podía oír con claridad, pero los labios del acusado dibujaban palabras envenenadas que Luis entendía sin margen de error: maricón, que le pone color, esto es pan comido, de acá me voy a la casa.
Y esa sonrisa… esa maldita sonrisa. Una mueca vacía, desprovista de toda humanidad, pero con la insolencia suficiente para revolverle el estómago.
Luis sintió el calor treparle por el pecho, como si una brasa se hubiera encendido bajo sus costillas. Sus brazos se tensaron; las manos se cerraron en puños hasta que los nudillos se volvieron blancos. No parpadeaba. Las lágrimas, detenidas en el borde de sus párpados, amenazaban con caer pero parecían congeladas en la tensión del momento.
¿Cómo se atreve?
¿Cómo puede burlarse así?
¿Cómo puede tomar a la ligera la violación y el asesinato de una niña?
¿Tiene corazón?
¿O solo es un cascarón hueco… un depredador que se sabe intocable?
Las emociones se arremolinaban como una tormenta detrás de sus ojos. Sentía el pulso golpearle las sienes, la sangre empujando con fuerza. Y sin embargo, nada más existía en ese instante: solo sus ojos, fijos, perforando los de Camilo.
Camilo, aún entretenido en su murmullo con el abogado, notó finalmente la mirada de Luis. Le dedicó una mueca de desagrado, como quien espanta a un insecto molesto, y giró el cuerpo para encarar el estrado. Sin embargo, la sensación permanecía: un calor punzante le taladraba las sienes, como si esos ojos lo siguieran aunque no los viera.
—Deja de mirarme, hueón —murmuró, con un tono lo bastante alto para que se oyera en un par de metros a la redonda.
Luis no reaccionó. Sus oídos habían borrado todos los ruidos de la sala: ya no había pasos, ni toses, ni el lejano crujir de papeles. Solo existía la silueta de Camilo, recortada como una diana inmóvil en su mente.
—¡Que dejes de mirarme! ¿Eres sordo, hueón? —Camilo subió la voz, el ceño crispado.
Su abogado se inclinó hacia él, tocándole el brazo con urgencia.
—Baja la voz —susurró, sin disimular la molestia.
Camilo ignoró la advertencia de su abogado con un gesto brusco y clavó la mirada en Luis, como desafiándolo. Pero algo se sintió distinto. No podía apartar los ojos de él; aquella conexión forzada comenzaba a helarle la sangre.
—¡Déjame! ¡Deja de mirarme!
Su rostro se deformó, pasando de la irritación a un miedo incontenible… hasta caer en el pánico absoluto.
—¡No! ¡No! ¡Basta, déjame!
Trató de incorporarse y huir, pero sus piernas cedieron. Tropezó con el escritorio y cayó de espaldas, aún atrapado por la mirada de Luis.
—¡Ayuda, por favor! ¡Déjame! ¡Déjame! ¡¿Ahhh?!
Los gritos eran frenéticos, como si estuviera suspendido en el vacío, atrapado en un terror imposible de comprender. Guardias, abogados y jueces intentaron acercarse, murmurando que quizás era un ataque de pánico.
Antes de que alguien alcanzara a tocarlo, su expresión se congeló en una mueca escalofriante. Los ojos se le fueron hacia atrás, el cabello se tornó blanco como la nieve… y un leve olor a azufre comenzó a invadir la sala.
Un guardia tanteó el cuello de Camilo, pero se quedó paralizado, incapaz de creerlo: el pulso había desaparecido. Camilo estaba muerto.
El olor a azufre se colaba en la sala, envolviendo todo con un aire pesado y denso, como si el mismísimo infierno respirara junto a los presentes. La gente se miraba entre sí, estupefacta, incapaz de comprender la dimensión de lo ocurrido.
Luis Fernando Astorga no apartó la vista del cuerpo tendido en el suelo. Su rostro, tenso y cargado hasta ese momento, comenzó a relajarse, como si una paz profunda y antigua lo invadiera finalmente.
—Por ti, Emilia... —susurró con voz quebrada— Papá te cuidará siempre.
Lentamente, llevó una mano al cabello, y con un gesto casi imperceptible, apartó un mechón para ocultar lo que brotaba de su sien: dos cuernos oscuros, retorcidos, a medio crecer.
Se puso de pie con una calma desconcertante y caminó hacia la salida, sin prisa, como si el mundo siguiera sin notarlo.
Al cruzar el umbral, un fuego invisible estalló a su alrededor. El aire vibró con un calor abrasador y, lentamente, la piel de Luis comenzó a teñirse de un rojo profundo y carmesí.
Sus piernas se arqueaban y transformaban, la piel se cubría de un fino pelaje oscuro, y sus pies se dividían en pezuñas, fuertes y firmes como las de una cabra.
Su cola, oculta hasta ese momento, se soltó con un movimiento natural, ondeando en el aire como liberada de una pesada cadena.
Finalmente, atravesó el portal que lo condujo al inframundo, donde un trono de obsidiana lo esperaba en la penumbra eterna.
Se dejó caer en él, agotado. Sus manos temblaban, y una sola lágrima, roja como la sangre, surcó su mejilla.
Había vengado a Emilia, sí. Pero el precio era la soledad eterna. El calor de su abrazo, la risa de su hija, todo eso se había perdido para siempre.
Y en la oscuridad ardiente de su reino, el Diablo lloró.
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