La advertencia

 Era una tarde calurosa en el barrio. De esas en que el cemento brilla como espejo y el aire se vuelve denso, pegajoso. Las vecinas estaban en lo suyo: unas regando, otras barriendo la entrada, y más de alguna asomada a la reja, vigilando sin vigilar. Era un día como tantos, con ese ritmo lento de los pasajes viejos.

Entonces apareció ese auto.

Un sedán gris, antiguo pero impecable, que no era común por esos lados. Se notaba de una. No eran del sector. Nadie los conocía. Y por eso mismo, todos los ojos se les fueron encima.

Bajaron tranquilos: un hombre, una mujer y una niñita con un moño rojo en la cabeza. Vestían como cualquiera, pero tenían ese “algo” difícil de describir. Caminaban derecho, sin apuro. No miraban como los de aquí. No tenían ese gesto medio a la defensiva que uno agarra con los años.

Desde su jardín, la señora Sonia los observaba con ojo fino. Era una de esas mujeres que sabían todo lo que pasaba en el barrio, incluso antes que ocurriera. Apoyó la escoba contra la pared y se acercó a la reja, con esa mezcla de cordialidad y advertencia que dan los años:

—Oiga, vecina. ¡Vecina!

La madre se giró y le sonrió. Una sonrisa dulce, pero extraña. Como si supiera algo que los demás no.

—Ojo con dejar el auto ahí. Han estado robando. La otra semana le sacaron los espejos a la hija de la Pati, y a otro cabro le quebraron el vidrio —le dijo Sonia.

La mujer no se inmutó. Siguió con la niñita de la mano, y respondió con voz calmada, casi musical:

—Gracias por la advertencia, pero no se preocupe. Que se atrevan no más… ya van a ver.

Y después de eso, se fueron caminando hacia la plaza, como si nada.

Sonia se quedó ahí, con la ceja fruncida y la escoba en mano, masticando esa respuesta. No era que la hubieran tratado mal. No. Pero el tono… el tono era raro. Como si no se lo tomaran en serio. O como si supieran que el auto estaba más que protegido.

Igual, se encogió de hombros y volvió a barrer la entrada, aunque con el pensamiento dando vueltas. Algo no le cuadraba.

No habían pasado ni treinta minutos cuando se escuchó el primer grito.

Después, otro. Y luego el sonido de pasos corriendo. Voces alteradas. Una niña llorando. Sonia dejó caer la escoba y se asomó de inmediato. Vio a varias personas apiñadas al fondo de la calle, justo frente a su casa. Sintió cómo el estómago se le encogía.

Salió al antejardín con el corazón martillándole el pecho. Lo que vio la dejó helada.

Un joven estaba tirado junto al sedán gris. Muerto. Sin cabeza. Las manos destrozadas, como si algo se las hubiera arrancado de cuajo. La sangre corría desde su cuerpo hasta juntarse en un charco que rozaba la rueda delantera. El auto tenía manchas rojas en una de las ventanas, salpicadas como si algo hubiese estallado.

Sonia se llevó las manos a la boca. Dio un grito ahogado y sacó el celular con los dedos temblorosos. Llamó a Carabineros balbuceando entre el susto y la incredulidad.

En minutos, el pasaje estaba lleno de uniformados. Acordonaron el sector, preguntaron a los vecinos. Nadie supo dar una explicación clara. Algunos decían que vieron al cabro merodeando el auto. Otros juraban que escucharon un ruido raro, como un alarido, algo que no parecía humano. Pero nadie vio al asesino.

Sonia estaba frente a uno de los carabineros, tratando de ponerle orden a lo que había visto, pero las palabras se le escapaban. Tenía la mirada clavada en el piso y la voz entrecortada, como si todavía no se atreviera a procesar del todo lo que había pasado.

—Yo les dije que no eran de por acá… que el auto… que… —balbuceaba, apretando la escoba con las dos manos como si fuera un ancla.

Entonces, por el rabillo del ojo, los vio venir.

La familia volvía caminando desde la plaza. El hombre cargaba un par de bolsas, la mujer traía un jugo en la mano, y la niña, feliz, sostenía un globo rojo que se bamboleaba con el viento. Venían hablando en voz baja, como si volvieran de cualquier paseo de domingo. Pero al ver el tumulto, frenaron en seco.

El carabinero que estaba entrevistando a Sonia también los vio. Frunció el ceño, como dudando si estaba viendo bien, y caminó hacia ellos con paso rápido.

—¿Este es su vehículo? —preguntó en tono oficial, señalando el sedán gris, aún cercado por la cinta amarilla.

El hombre lo miró un segundo y asintió, sin urgencia.

—Sí, señor. Es nuestro.

—Un joven fue hallado muerto junto a él. Al parecer, intentó forzarlo. ¿Ustedes no estaban en el lugar cuando ocurrió?

El hombre negó con la cabeza, con expresión neutra. Luego lanzó un suspiro, no de pena, sino de molestia.

—¿Y la mancha en el vidrio? ¿Eso va a quedar ahí? Está difícil sacar esas cosas después…

El carabinero lo miró fijo, desconcertado. Parpadeó. Miró a la mujer, luego a la niña. Ni un gesto. Nada.

—Señor, le estoy diciendo que esto es una escena del crimen —insistió, esta vez más tajante—. Un joven murió aquí, y ustedes son los dueños del vehículo. Necesitamos requisarlo para la investigación.

La mujer dio un paso adelante. Mantuvo la sonrisa amable, pero sus ojos eran dos pozos negros. Habló con calma, con esa misma voz suave que había usado antes:

—No hace falta, oficial. Ya sabíamos que esto podía pasar. Incluso se lo advertí a la señora —dijo, girando un poco el rostro hacia Sonia.

El carabinero frunció el entrecejo. Por un segundo, pareció que iba a replicar algo, pero se quedó mudo. No había forma de explicar lo que estaba viendo: una familia que no mostraba ni un atisbo de miedo, ni sorpresa, ni rabia. Solo una especie de resignación tranquila. Como si esto, lo del joven muerto, hubiera sido inevitable.

Sonia sintió que algo le apretaba el pecho. Se le secó la boca.

Ellos no estaban impactados.

No estaban tristes.

Estaban… fastidiados. Como si esto fuera un trámite más. Como si la sangre en el vidrio no significara nada.

Y ahí, en ese silencio denso, todos se quedaron  congelados por un instante.

El carabinero retrocedió un paso. Sonia también. Sintió que las piernas le temblaban. Que había presenciado algo que no debía entender.

Y que tampoco quería entender.

Desde ese día, nadie volvió a estacionarse frente a esa casa.

Nadie robó más autos en el pasaje.

Y nadie —nadie— volvió a hablar de ese día.


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