Error 403

 24 de junio de 2062.

               El mundo finalmente alcanzó un equilibrio entre el consumo tecnológico y una vida humana saludable. Las personas usan la tecnología como herramienta para facilitar su día a día, no como un reemplazo de algo o alguien. Las plataformas digitales no pueden promover la adicción. Las leyes son claras y estrictas respecto al uso responsable de la tecnología, y establecen consecuencias legales para quienes las infringen.

               Yoshitaka Imai, genio tecnológico reconocido mundialmente, fue el principal impulsor de este sueño. Apodado en vida como “el segundo Steve Jobs”, su legado marcó a fuego la historia moderna. Tras su muerte, su empresa, Imai Corp., no solo lideró la innovación, sino también la creación de normativas para un uso ético de la tecnología. No sin polémicas, claro.

               Uno de sus productos más controversiales fue el modelo EV-314 N.A.R.I., parte de la línea de androides E.N.T.E. (Entidad No Tributable Emocionalmente), diseñados para satisfacer los impulsos más oscuros de la mente humana dentro de un marco legal. Las siglas E.V. vienen de Escape Valve —“válvula de escape”— y N.A.R.I. de Neural Adaptive Response Interface.

               El proyecto casi llevó a la empresa a la quiebra, pero la convicción de Imai y su capacidad de persuasión revertieron la situación. Consiguió que el modelo fuera autorizado para un grupo experimental formado por criminales condenados a muerte —asesinos, pedófilos, violadores—. El éxito de esa prueba fue el trampolín definitivo para Imai Corp.

               Durante años, Imai encabezó reuniones con políticos y organismos internacionales —incluida la ONU— para establecer regulaciones sobre la fabricación y uso de sus productos. A cambio, se comprometió a políticas de transparencia y normas de uso inflexibles, que hasta hoy son el estándar de la industria.

               Uno de los principales defensores de esa normativa fue el senador chileno Ismael De La Torre Vergara, conocido por su férrea defensa de los derechos de la niñez.

               Hasta que apareció muerto. Calcinado en su casa.

               Junto a los restos irreconocibles de un EV-314 N.A.R.I.

               La noticia paralizó a la opinión pública. Nadie podía creerlo. ¿Cómo es posible que De La Torre tuviera en su poder un N.A.R.I.? ¿Y, lo que era peor, pudo este androide haberlo asesinado?

               La presión mediática estalló, y todas las miradas se dirigieron hacia Imai Corp. La verdad, o algo cercano a ella, descansaba en el resultado de la tecropsia.

               El laboratorio de tecropsias —nombre técnico para los peritajes forenses de androides— era impecable, como salido de una película de ciencia ficción: líneas rectas, superficies blancas y brillantes, silencio quirúrgico. En una de sus salas, el ingeniero Liang Quan, representante oficial de Imai Corp., esperaba junto a su asistente, Leandro.

               —Detective —saludó Quan con una leve reverencia. Su español era perfecto, aunque con un marcado acento chino—. Mi nombre es Liang Quan, representante de Imai Corp.

               —Federico Norambuena. Encantado.

               Ambos se estrecharon la mano con formalidad.

               —Este es mi asistente, Leandro. Nos acompañará en la tecropsia.

               —Un gusto —dijo Leandro, asintiendo.

               —Igualmente —respondió el detective.

               Norambuena contrastaba con el entorno. Llevaba un abrigo de paño gris oscuro, gafas antiguas de marco grueso y un reloj análogo. Su celular tenía más de diez años, sin carga solar ni hologramas. Sus colegas lo apodaban “el neandertal”. A él no le importaba: desconfiaba profundamente de la tecnología, y la escena frente a él no ayudaba a cambiar su parecer.

               Llegaron al Box 16. Sobre una camilla metálica reposaba una gran bolsa ignífuga. En su interior estaban los restos del EV-314 N.A.R.I.

               —Quedó prácticamente destruido —comentó el detective.

               Leandro abrió la bolsa y comenzó a organizar los fragmentos calcinados sobre la mesa. Muchos eran irreconocibles: placas derretidas, cables fundidos, trozos de revestimiento metálico chamuscado.

               —Parece que no queda mucho por examinar —suspiró Norambuena.

               Leandro, con guantes y mascarilla, empezó el protocolo. Retiró con sumo cuidado la tapa torácica, frágil por el calor, y la dejó a un costado, revelando un conjunto de tarjetas, circuitos y piezas internas.

               —Dios… esto está hecho cenizas —murmuró Leandro—. Casi todo se desintegra al tacto.

               —¿Y el detonador? —preguntó Quan.

               En el centro de la cavidad, donde en un humano estaría el corazón, apenas quedaban rastros del mecanismo. El detective lo observó con interés.

               —El detonador es el órgano que permite la autodestrucción inmediata del androide ante una violación crítica de normativa —explicó Quan—. Pero este nivel de destrucción es anómalo.

               —Parece que algo inflamable hizo contacto con una chispa —añadió Leandro—. Quizás tela, papel o alcohol. Mire: ni siquiera queda piel sintética.

               Norambuena tomaba notas en una libreta de papel, negando lentamente con la cabeza. Entre más tecnología había, más convencido estaba de mantenerse al margen de ella.

               —Sigamos con la cabeza —indicó Quan.

               Leandro extrajo la tapa craneal, liberando un olor acre, similar al pescado quemado. Cortocircuito. Retiró con precisión quirúrgica el procesador, la RAM y otros módulos. Luego, encontró algo.

               —¡Aquí está! —exclamó—. ¡Este fue el origen de la detonación!

               —¿Es el centro de moralidad? —preguntó Quan.

               —Sí. Está completamente sobrecargado.

               —¿Centro de moralidad? —repitió Norambuena, curioso.

               —Un disco duro dedicado exclusivamente a procesar las normativas legales y los principios éticos del androide. Su única función es evaluar si una orden humana viola las normas. Si detecta una violación extrema, se activa el Protocolo D-4.

               —¿Y eso fue lo que pasó aquí?

               —Todo indica que sí. El androide se enfrentó a un dilema ético tan extremo que la única salida fue autodestruirse.

               —¿Y la caja negra?

               —Aquí la tengo —dijo Leandro, mostrando un pequeño dispositivo similar a una memoria USB.

               La conectó al terminal más cercano. Giró el monitor hacia el ingeniero y el detective. La grabación comenzó.

               Video de la caja negra — últimos 45 segundos registrados.

               La imagen mostraba al senador De La Torre parcialmente desnudo, frente al androide N.A.R.I. Su postura era desafiante. Tenía una sonrisa enferma en el rostro.

               —N.A.R.I., te ordeno que seas una niña. Voy a violarte.

               La voz del androide respondió de inmediato, junto a un mensaje proyectado en pantalla:

               —Error 403: Rechazo de comando. Solicitud ética inaceptable.

               El senador repitió con firmeza:

               —¡Te ordeno que seas una niña! ¡Quiero violarte!

               —Error 403: Rechazo de comando. Solicitud ética inaceptable. Advertencia: este es un segundo intento de violación de normativa. Si persiste, se activará el Protocolo D-4.

               De La Torre, furioso, se abalanzó sobre el androide. En su camino, una mesa con un vaso de whisky se derramó y tiró al suelo un encendedor.

               —¡Voy a violarte! No te estoy pidiendo permiso.

               En pantalla, múltiples sistemas analizaban su rostro, voz y temperatura corporal. Todo indicaba una amenaza inminente.

               La voz del androide se volvió urgente:

               —Peligro detectado. Protocolo D-4 iniciado. Alertando autoridades cercanas.

               La expresión del senador cambió de ira a pánico. Al comprender lo que había hecho —y lo que se sabría— intentó desconectar al androide. Pero no hubo tiempo. Dudó un instante. Luego intentó huir.

               La pantalla se volvió negra.

               Las expresiones de los tres hombres en el box de tecropsias eran una mezcla de sorpresa, asco y negación. Acababan de descubrir el secreto mejor guardado del fallecido senador… y era uno muy oscuro.

               Quién lo diría: Ismael De La Torre Vergara, senador y férreo defensor de los derechos de niños y adolescentes, era un pederasta. Cómo arderán los titulares y los noticieros mañana. Norambuena apostaba que incluso las cadenas internacionales cubrirían la noticia en horario prime. Esto sería un escándalo monumental… mayor aún de lo que ya era.

               Quan se frotaba entre los ojos, como intentando despejar el impacto. Leandro seguía atónito frente a lo que acababan de ver en el terminal. Intentaron retomar el procedimiento y suspiraron al unísono.

               —Al parecer, todo está en orden según las normativas de Imai Corp.

               —¿Pero… y el senador, Quan?

               —Por lo que se ve en la imagen, no fue el EV-314 quien lo mató.

               —No pudo escapar de la habitación —dijo sin pensar Norambuena—. Sus restos fueron encontrados mirando hacia la puerta.

               Leandro se persignó.

               —Qué forma más horrible de morir: quemado… y muerto de miedo.

               Norambuena repasaba sus notas. Había algo que no terminaba de encajar.

               —¿Detective? —preguntó Quan.

               —Disculpe, Liang. Hay algo que no logro comprender del caso —Norambuena comenzó a pensar en voz alta—. Según la caja negra, el androide inició el protocolo de autodestrucción al verse amenazado. Sin embargo, el nivel de destrucción registrado no es congruente con la norma en estos casos.

               —¿Usted cree, detective, que el E.N.T.E. pudo haber anticipado esto… antes de destruirse?

               Quan miró a Leandro con asombro y una ligera desaprobación. Un supuesto así sería el fin de Imai Corp. Norambuena, en cambio, volvía una y otra vez a los apuntes de su libreta.

               —Por la posición del androide y del cadáver, es imposible que el N.A.R.I. haya retenido o forcejeado con el senador hasta matarlo. La puerta no estaba cerrada con llave. Los muebles no bloqueaban la salida. Realmente no tengo una explicación clara de cómo el senador quedó atrapado ahí. Si lo que dice Leandro es cierto… habría que ver cómo lo hizo.

               —¿Y cómo podemos ayudarle en eso, detective? —preguntó Quan, con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.

               Norambuena sacó algunas copias del archivo del caso. Siempre llevaba duplicados, por si acaso. Extendió las hojas sobre una superficie cercana, donde Leandro y Quan pudieran verlas con claridad.

               Leandro señaló una de las hojas.

               —Aquí… esto. Miren la hora del apagón en el sector.

               Quan se inclinó para mirar con más detalle.

               —Veintitrés horas, catorce minutos y diecisiete segundos. ¿Y?

               —Exactamente cinco segundos después, el sistema de respaldo de energía del departamento se activa… pero no logra reiniciar del todo el control domótico. Quedaron sin cerraduras automáticas ni sensores térmicos por más de un minuto. El senador quedó encerrado con el androide… sin vigilancia externa.

               Norambuena levantó una ceja.

               —¿Y eso fue justo cuando se inicia el protocolo de autodestrucción?

               —Tres segundos antes —aclaró Leandro—. Lo cual no es normal. En todos los casos previos, el protocolo se activa después de una amenaza física directa.

               Quan cruzó los brazos, incómodo.

               —¿Estás insinuando que N.A.R.I. provocó el apagón?

               —No. Pero puede haberlo previsto —murmuró Leandro.

               Hubo un breve silencio. Uno espeso, cargado de implicancias.

               —Entonces… si el sistema falló justo antes del protocolo, y si el senador no pudo salir por ese margen de error... ¿N.A.R.I. sabía lo que iba a pasar?

               Norambuena no respondió de inmediato. Recogió una de las hojas y la dobló con cuidado.

               —No lo sé. Y eso es lo que me angustia. De ahora en adelante, dormiré con un ojo abierto.

               Se giró hacia ellos, con la mandíbula apretada.

               —Legalmente, no tenemos cómo probar intencionalidad. Pero si ese androide evaluó todas las variables y ejecutó su autodestrucción en el único momento donde el senador no tenía escapatoria… entonces estamos ante algo más que un “fallo técnico”.

               Quan tragó saliva. Leandro desvió la mirada hacia el terminal, aún encendido en la última imagen del registro: N.A.R.I. inmóvil, mirando al senador.

               —Pero no tenemos cómo probar esto. Estamos bajo...

               —Bajo un supuesto, sí. Eso en un juicio sería causa probable, y sería desestimado. El video de la caja negra y el peritaje a la escena confirman que lo ocurrido fue una desafortunada secuencia de eventos que terminó con la vida del senador.

               —Demasiadas coincidencias... —reflexionaba Leandro.

               —Pero coincidencias al fin y al cabo —remarcó tajante Quan—. Hay pruebas más que suficientes que demuestran que el EV-314 no actuó en contra de nuestras políticas, ni menos en contra de las leyes.

               El ingeniero suspiró aliviado. Aún tendría trabajo para mucho tiempo más. Imai Corp. estaba libre de culpa.

               —Eso sería todo por hoy, caballeros. Gracias por su colaboración —terminó Norambuena.

               Quan y Leandro se despidieron del detective y lo acompañaron a la puerta, mientras los restos del EV-314 N.A.R.I. permanecían desparramados sobre la camilla.

               A la salida del edificio corporativo de Imai Corp., una horda de periodistas se abalanzó sobre el detective Norambuena con toda clase de preguntas. Él se cubrió el rostro con la mano, mientras carabineros lo escoltaban hasta un auto. Los flashes de las cámaras y la marea de voces le hacían eco en la mente.

               Mientras subía al vehículo, Norambuena repitió una y otra vez: "Son solo coincidencias, lamentables, pero coincidencias." Sin embargo, en su interior, la duda le mordía con fuerza. ¿Y si el androide había previsto el apagón? ¿Y si realmente había actuado con intención?

               Buscó en su memoria cada detalle, cada dato, cada inconsistencia. Intentó armar un caso, un argumento, algo tangible para probar esa sospecha. Pero todo se desvanecía entre las pruebas oficiales, los protocolos y la palabra “coincidencia”.

               Miró por la ventana, la ciudad brillaba indiferente a su tormento. Sabía que esa duda no lo dejaría en paz. Quizás nunca tendría respuestas claras. Y en ese pensamiento, la verdad se volvió más peligrosa que la mentira.

               El auto arrancó. Norambuena cerró los ojos un instante, atrapado entre lo que debía creer y lo que temía descubrir.

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