La señal brillaba, imponente, a través del ventanal agrietado de la guarida. No era un llamado al deber, no realmente. No esta vez. Era una recriminación suspendida en el cielo, un dedo luminoso que lo apuntaba desde las alturas, como si dijera: Otra vez fallaste.
El héroe la miró
largo rato, sin moverse. Tenía los ojos rojos de cansancio, el cuerpo pesado y
la voluntad rota. Se frotó los párpados con los nudillos, luego se incorporó
con un suspiro espeso, de esos que no vacían el pecho, sólo lo aplastan más.
Sabía lo que venía. Siempre era lo mismo: la alarma, la carrera, el enemigo de
siempre, la impotencia de siempre, el mismo final. Y, sin embargo, iba. Porque
alguien, en algún lugar, aún creía que podía ser salvado.
Ya no había
vocación. Sólo quedaba rutina. Una maquinaria que todavía se movía por deber,
aunque oxidada por dentro.
Cuando llegó al
lugar señalado, lo recibió un silencio malsano. La ciudad era un eco hueco de
sí misma. Las calles estaban cubiertas de polvo. La gente caminaba despacio,
como si les pesara la piel. Tenían los ojos ennegrecidos, hundidos, vacíos.
Decían que todo estaba bien. Decían que no necesitaban ayuda. Pero sus cuerpos
contaban otra historia.
—Ciudadano, ya
estoy aquí para salvarte. ¿Estás bien?
—Todo está bien,
héroe —respondió el hombre, con voz plana, sin alma.
Tenía el rostro
amoratado, una herida abierta en el labio, la camisa empapada de sangre seca. A
su alrededor, los demás estaban igual: llagas, magulladuras, posturas quebradas
por un sufrimiento sostenido. El héroe apretó los dientes. Reconocía esa escena.
La conocía demasiado bien.
Los hilos casi
invisibles salían de cada persona. Iban hacia lo alto, como telarañas al revés,
y se perdían en las manos de él: el Titiritero. Estaba allí, erguido, elegante
y cruel, en el fondo del callejón, riendo con su risa quebrada. Movía los hilos
con una gracia perversa, como si bailara con sus víctimas.
El héroe lo
miró. ¿Cuántas veces ya? ¿Cinco? ¿Veinte? ¿Cien? Era el mismo combate repetido,
la misma pesadilla reciclada. Quiso correr. Quiso gritar. Pero sólo avanzó.
—¡Sálvanos,
héroe! —dijo una voz. Era un niño. Había logrado sacudirse el sopor por unos
segundos. Tenía los ojos abiertos, la voz temblorosa, pero viva. —¡Ayúdanos,
por favor!
Esa chispa
encendió algo. Una hebra de esperanza, fina y temblorosa. El héroe se abalanzó
hacia una herramienta olvidada en el suelo: una cizalla oxidada, una tijera
grande y tosca. Tal vez, solo tal vez...
Corrió hacia el
niño, colocó la cizalla sobre el hilo que lo sujetaba. El niño cerró los ojos,
anticipando el corte, la libertad. El héroe tomó aire y cerró con fuerza...
Nada. Ninguna
resistencia. Las hojas se cerraron como si cortaran niebla. El hilo seguía
intacto, flotando entre sus dedos. La risa del Titiritero se escuchaba de
fondo:
—¡De nada te
servirá! ¡Yo soy el que tiene el control aquí! ¡Mua ja ja ja ja ja!
La desesperación
llevó al héroe a juntar todas sus fuerzas en las manos, e intentar romper los
hilos con su fuerza sobrehumana. Pero era imposible. Los hilos no eran
tangibles. Los veía claramente, pero eran como nubes que se deshacían y
rearmaban, como un holograma que se burlaba de sus intentos.
Era hora del
plan B. El héroe corrió a toda velocidad y, con los puños llenos de energía,
lanzó un golpe certero a la cara del Titiritero, esperando que con eso lo
atontara y soltara a sus víctimas. Pero lo que ocurrió fue aún más frustrante:
el golpe atravesó el rostro del enemigo sin causarle daño alguno. El Titiritero
se rió con más fuerza, saboreando su invulnerabilidad.
El héroe
estalló. Golpeó, pateó, lanzó objetos —incluso un auto abandonado—, pero todo
atravesaba al Titiritero como si fuera humo sólido. Cada intento fallido era
una nueva herida al orgullo, una cicatriz más en la fe.
—¡Asúmelo,
héroe! ¡Jamás me derrotarás!
Tenía razón. Las
palabras del Titiritero no eran sólo burla: eran verdad. Atravesaron su corazón
y su mente como flechas certeras. Cayó de rodillas. El niño que antes había
despertado lo miró con la ilusión rota. Sus ojos se fueron apagando de nuevo,
ennegreciéndose. Y antes de perderse por completo, susurró:
—No te
preocupes, héroe. Todo está bien.
El héroe lo tomó
por los hombros, lo sacudió, llamó su nombre una y otra vez. Pero ya era tarde.
El niño se había ido. Había vuelto a ser una marioneta.
Las lágrimas
comenzaron a brotar, discretas, ardientes. Lo había intentado todo. Había dado
todo de sí. Y había perdido otra vez.
Se puso de pie,
lentamente, con una pesadez infinita. Observó el paisaje lúgubre y mórbido que
lo rodeaba, con sus colores nauseabundos y tristes. La risa del Titiritero
seguía sonando, constante, cruel, como una gotera en la mente.
—¡Mua ja ja ja
ja! ¡Si pudieras ver tu cara en este momento! ¿Qué harás ahora, héroe, ah?
Sin levantar la
vista, el héroe se quitó los guantes. Luego el antifaz. Después la capa. Las
dejó caer al suelo, una a una, como pétalos marchitos. Finalmente, se sacó el
cinturón y lo dejó sobre el montón.
El Titiritero lo
miraba, confundido.
—¿Qué se supone
que haces?
—Ya me cansé. No
pienso seguir con esto.
—Pero,
pero… ¿Y ahora qué hago con todo esto? ¿A quién me enfrentaré ahora?
—No
lo sé. Y no es mi problema. Yo me largo de aquí.
El
héroe volvió a su guarida caminando lento, sin apuro, como quien regresa de un
turno más. Se sacó las botas llenas de polvo, dejó el traje arrugado sobre el
sillón y encendió la cafetera. Mientras el líquido burbujeaba, se quedó mirando
el ventanal. Allá, a lo lejos, la señal seguía brillando en el cielo.
La ignoró.
Sirvió el café
en su taza favorita —una que decía “#1 Héroe” con letras gastadas— y se dejó
caer en la silla.
Encendió la
radio. Música suave. El Titiritero reía en algún rincón del mundo, las
marionetas seguían danzando en la calle, y el niño... bueno, el niño ahora
dormía con los ojos vacíos.
El
héroe tomó un sorbo y cerró los ojos.
—Todo
está bien —murmuró.
Y
por primera vez, quiso creerlo.
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