Los Últimos

     Jorge tenía la mirada perdida, fija en un punto indefinido sobre el escritorio pulcro del abogado. Su mente flotaba lejos de aquella oficina, lejos del murmullo monótono de la voz que le leía los documentos. Oía, pero no escuchaba. A su lado, su jefe permanecía en silencio, lanzándole miradas ocasionales cargadas de una piedad que a Jorge le resultaba insoportable.

El abogado se detuvo. Cerró la carpeta con suavidad y, apoyándose en el escritorio, lo observó con una expresión más blanda, con ese matiz de compasión que Jorge ya había aprendido a reconocer en los últimos días.

—Lo querían mucho, señor Valderrama. Lamento profundamente la pérdida de sus padres.

Jorge pestañeó, como si aquellas palabras hubieran logrado atravesar el muro de su ensimismamiento. Su respuesta fue mecánica, apenas un susurro que se deslizaba entre sus labios resecos.

—No eran mis padres.

El abogado frunció el ceño y se ajustó las gafas con un gesto pausado.

—¿Eran sus tíos?

Jorge negó con la cabeza.

—No.

—¿Vecinos, tal vez? He visto muchos casos de clientes que terminan cuidando de sus vecinos en sus últimos años.

—Tampoco. —Su voz se quebró, y por un instante, sintió cómo las lágrimas amenazaban con desbordarse. Tragó saliva con dificultad—. Iba a su casa con frecuencia, sí.

El abogado ladeó la cabeza, intrigado.

—Entonces, ¿qué relación tenía con los Wachholz?

El silencio se prolongó unos segundos antes de que Jorge lograra responder. Se pasó la mano por el rostro, como si intentara despejarse, pero su mirada seguía ausente cuando susurró:

—Eran mis clientes.

Y en ese instante, los recuerdos lo arrastraron sin piedad, como una ola fría que lo sumergía en el pasado. Volvió a verse a sí mismo, años atrás, de pie detrás del mesón de la sucursal donde trabajaba. Un joven Jorge Valderrama, ansioso por demostrar su valía, por destacar en su nuevo puesto como ejecutivo comercial. Y frente a él, una pareja de ancianos de ojos vivaces y acento extranjero, sonriéndole con la dulzura de quien anhela compañía. Anne Marie y Kurt Wachholz. Su primer encuentro. El inicio de todo.

Su jefe, notando la mirada ausente de Jorge, tomó la palabra para aliviar el peso del momento.

               —Abogado, ¿no hay otros parientes que pudieran reclamar parte de la herencia? Debe haber herederos forzosos.

El abogado hojeó nuevamente los documentos, negando con la cabeza.

               —No, de hecho —dijo con voz grave—. Los Wachholz nunca tuvieron hijos. Sus respectivos hermanos fallecieron hace años. Tampoco dejaron sobrinos. —Se detuvo un instante antes de agregar, con un matiz de solemnidad—: Ellos eran los últimos de su familia. Los últimos de su grupo social.

               El jefe de Jorge se apoyó en el respaldo. Jorge suspiraba, intentando ahogar su duelo, mientras los recuerdos seguían disparándose en su cabeza sin cesar, como un carrusel agridulce. El abogado retomó la lectura de los documentos.

               Jorge intentaba recordar ese primer encuentro con los Wachholz. Los vio desde el mesón, mientras hablaban entre ellos sobre los teléfonos en la vitrina de la tienda donde Jorge trabajaba. Kurt estaba tan confundido como Anne Marie sobre cómo utilizar cada aparato que tomaban en las manos. Jorge se acercó a ellos para ayudarlos:

               —Buenas tardes. Mi nombre es Jorge. ¿En qué puedo ayudarlos?

               Los Wachholz lo miraron un poco confundidos.

               Äh, ein... Wie sagt man das auf Spanisch? Ein Handy, bitte.

               Jorge entendió inmediatamente que la pareja apenas entendía español y cambió la táctica rápidamente. Recordó sus años mozos, cuando estudió alemán por gusto, y entusiastamente desempolvó sus aprendizajes en el idioma para ponerlos en práctica.

Sprechen Sie Deutsch? Ich kann Ihnen helfen.

Los Wachholz lo miraron entre sorprendidos y aliviados. Finalmente, alguien con quien comunicarse sin esfuerzo.

               En esa ocasión, los Wachholz buscaban un celular sencillo para usar, pero que no fuera demasiado aparatoso. No entendían que era un Iphone, un whatsapp ni mucho menos el TikTok. Jorge, entendiendo la confusión y la reticencia de los ancianos frente a sí, les dijo que existían modelos de celulares más sencillos, especialmente diseñados para personas mayores. Y lo mejor de todo era el precio. Los Wachholz quedaron encantados con el aparato que lo pagaron al contado y Jorge se sintió satisfecho de haber cerrado un buen negocio.

               A las pocas semanas después, los Wachholz volvieron al local. Jorge, confundido, se volvió a acercar a ellos a conversar.

-        Liebe Jorge, kanns du bitte uns helfen?

-        Ja, natürlich.

Los Wachholz, con un alemán manchado de español, le pidieron ayuda en un problema muy sencillo que ellos no podían solucionar. Jorge pacientemente les enseñó cómo resolver esa y otras dudas que fueron surgiendo en el momento. Los Wachholz felices se fueron nuevamente.

El abogado termina de leer el documento, después de lo que parecieron ser las horas más agonizantes para Jorge. Le extiende un lápiz y le indica el lugar en donde debe firmar. Jorge toma el lápiz con las manos temblorosas y débiles, mientras las lágrimas rodaban por las mejillas. Tomó aire, como envalentonándose y con un movimiento rápido de muñeca, plantó su firma sobre la línea con su nombre, como el primer puñado de tierra sobre las tumbas de Anne Marie y Kurt. Terminó por derrumbarse en la silla. Su jefe lo consuela con una tímida caricia en la espalda.

-Eso es todo, señor Valderrama. Gracias por venir.

Jorge y su jefe salen de la oficina con el paso lento, casi al mismo ritmo cuando acompañó a los féretros en el camino terroso del cementerio. Ahora, todos los bienes de los Wachholz estaban a su nombre.

La cabeza de Jorge no dejaba de dar vueltas. No solo de recuerdos, sino también de culpa. El peso del duelo lo oprimía, junto con la sensación de no ser digno de la herencia que ahora le pertenecía. No quería recibir nada, porque eso significaría aceptar que Anne Marie y Kurt no volverían jamás. Quería sentirlos una vez más, abrazarlos, percibir el aroma floral del perfume de Anne Marie y la firmeza del abrazo de Kurt. Quería volver a probar un trozo de strudel recién horneado, acompañado de una taza de té caliente, mientras hablaban sobre el último partido de fútbol.

 

El jefe de Jorge permaneció en silencio mientras lo llevaba de regreso a casa. No sabía qué decirle en un momento como aquel. Jorge miraba por la ventana sin fijar la vista en un punto específico; sus ojos, aún irritados por el llanto, reflejaban un vacío insondable. Lo único que rompía el rugido monótono del motor del auto eran los sollozos apagados de Jorge.

—¿Quieres… quieres que me quede contigo hoy, Jorge? Estás muy vulnerable.

—Gracias, señor Guzmán, pero necesito estar solo.

—Está bien —respondió, encajando el embrague justo antes de que el semáforo cambiara a verde, con una leve sonrisa de comprensión en el rostro.

—¿Podría dejarme en el departamento? —preguntó Jorge, de pronto.

—¿En dónde? —repitió su jefe, desconcertado.

—En el departamento de ellos.

El silencio se instaló en la cabina del auto, dándole respuestas a preguntas que no habían sido formuladas. El señor Guzmán comprendió el motivo de aquella petición sin necesidad de más explicaciones.

—Claro, no hay problema.

Al llegar, Jorge descendió del auto y observó la entrada del edificio donde Anne Marie y Kurt habían pasado sus últimos años. Cada rincón de aquel lugar respiraba sus memorias. Mientras caminaba por el vestíbulo y se adentraba en el ascensor, su corazón latía desbocado. No sabía si salir corriendo y no volver jamás o rogarle a la máquina que subiera más rápido.

Cuando la puerta del departamento se abrió, Jorge permaneció inmóvil un instante antes de cruzar el umbral. Todo seguía en su lugar, tan prístino como la última vez que estuvo allí. Entró lentamente, casi sin hacer ruido, y dejó que su mirada recorriera cada rincón. Lo que antes le parecía común, ahora adquiría un peso casi sagrado.

Recordó el día en que Kurt se acercó a él para pedirle clases de español. Jorge, agobiado por las deudas en ese entonces, aceptó de inmediato. Nunca había enseñado nada a nadie, pero lo vio como una oportunidad de ingresos extra.

Con cada clase, Anne Marie lo esperaba ansiosa con un trozo de strudel recién hecho y una taza de té humeante. Kurt tomaba notas diligentemente en cuadernos y hojas sueltas, practicando con esfuerzo día tras día.

Con el tiempo, Jorge se fue acercando más y más a los Wachholz, y ellos a él. Formaron una familia improvisada, con reuniones semanales que trascendieron las lecciones de español. Luego vinieron las celebraciones. Jorge corrió a contarles cuando fue ascendido a jefe de turno, y años después, a gerente de local. Los Wachholz también le compartieron fragmentos de su vida privada: las dificultades de no haber podido tener hijos, su resignación y, finalmente, su aceptación de una vida plena en compañía de amigos y familia en Alemania. Viajaban con frecuencia, al menos una vez al año, y regresaban siempre con historias y fotografías para compartir con él.

 

Cada rincón del departamento estaba impregnado de recuerdos, pero al mismo tiempo se sentía vacío, inerte. Jorge se dejó caer en el sillón donde solía sentarse junto a Anne Marie para explicarle el funcionamiento de la tecnología moderna. También fue ahí donde les advirtió sobre las nuevas estafas telefónicas y por correo electrónico, aquellas en las que Kurt casi caía un par de veces. Tantas conversaciones inolvidables que ahora se disipaban en el aire, imposibles de replicar.

Se dirigió a la cocina y abrió las alacenas con dedos temblorosos. ¿Cuántas veces había almorzado o cenado con ellos? ¿Cuántos años nuevos y navidades compartieron? Jorge había perdido la cuenta hace mucho tiempo. Sacó un vaso para beber agua, esperando que el simple acto le devolviera un poco de estabilidad.

Mientras bebía, apoyado en el mesón, su mirada se posó en el libro de recetas de Anne Marie sobre el refrigerador. Lo tomó con cuidado y lo hojeó lentamente. No era un libro propiamente dicho, sino un viejo cuaderno en el que Anne Marie anotaba sus recetas favoritas con una caligrafía pulcra y meticulosa. Al ver su escritura, el corazón de Jorge se encogió. Era como recibir un mensaje de ella, una pequeña prueba de su existencia en el mundo. Cómo la extrañaba. Su dulce acento alemán, su mirada cálida, su strudel recién horneado en cada visita.

Antes de que la pena lo envolviera por completo, cerró el cuaderno con suavidad y lo devolvió a su sitio. Pero, al hacerlo, un papel doblado cayó a sus pies. Jorge se inclinó a recogerlo, pensando que sería una receta suelta o alguna anotación olvidada. Sin embargo, al desplegarlo con cuidado, descubrió que no era ni lo uno ni lo otro. Era una carta. Una sentida carta de los Wachholz para él.

Liebe Jorge,

Si lees esta carta, significa que Anne Marie y yo ya no estamos en este mundo. No sé quién de nosotros se habrá ido primero, pero de algo estoy seguro: ninguno de los dos habría querido seguir sin el otro. Después de tantos años juntos, nuestro destino solo podía ser el mismo.

Es extraño escribir estas palabras sabiendo que, cuando las leas, ya no podré oír tu respuesta. Pero confío en que entenderás lo que quiero decirte, como lo has hecho tantas veces antes.

Jorge, nuestra vida estuvo llena de alegrías y tristezas, de viajes y nostalgias, de momentos compartidos y silencios entendidos. Y en los últimos años, cuando las sombras de la vejez empezaban a alargarse, encontrarte fue un regalo inesperado. Nos diste compañía cuando creíamos que solo nos quedaba la costumbre. Nos diste risas cuando pensábamos que solo nos quedaba el pasado. Nos diste familia cuando creíamos que ya no nos quedaba nadie.

Eras el hijo que nunca tuvimos, el amigo que nos hizo sentir jóvenes otra vez. Y ahora, aunque no podamos abrazarte una última vez, quiero que sepas que nuestro cariño no se extingue con la muerte. Está en cada rincón de este hogar, en cada receta escrita por Anne Marie, en cada palabra de español que intenté aprender con tu paciencia infinita.

Somos los últimos, Jorge. No queda nadie más para recordarnos. Pero no importa, porque mientras tú nos lleves en tu memoria, mientras alguna de nuestras historias viva en ti, no desapareceremos del todo.

Así que vive. Ríe. Sigue adelante sin miedo. Y cuando prepares un strudel o tomes una taza de té caliente, piensa en nosotros con una sonrisa, no con tristeza. Porque si algo nos hizo felices en esta vida, fue saber que alguien como tú nos quiso tanto como nosotros a ti.

Danke, mein Sohn. Gracias, hijo mío.

Con todo nuestro amor,

Kurt y Anne Marie

               Con la mirada nublada por las lágrimas, Jorge abrazó la carta con las manos temblorosas, como si, al sostenerla, pudiera retener una última parte de ellos, de los Wachholz. Cada palabra escrita en ese papel parecía un susurro lejano que ya no podía oír. Una última conexión con aquellos que se habían ido, y que, con esta carta, finalmente decretaban su partida, su despedida definitiva. El peso de la pena lo aplastaba, un dolor agudo que se instalaba en su pecho, cada latido como un recordatorio cruel de su ausencia. Y, sin embargo, mientras sus lágrimas caían lentamente sobre el papel, algo cambió. El dolor punzante que lo desgarraba, que lo mantenía atrapado en un remolino de recuerdos y lamento, comenzó a disiparse, como la niebla al amanecer. Un profundo silencio lo envolvía, una calma inesperada, y por un instante, Jorge creyó que podía sentir la misma paz que, tal vez, los Wachholz experimentaban dondequiera que estuvieran. La paz que da el saber que, aunque todo se haya ido, algo hermoso perdura.

Con un suspiro, levantó la vista y la miró: el libro de recetas de Anne Marie, asomándose discretamente por el borde del refrigerador. En ese momento, una sonrisa melancólica y suave emergió de su rostro, como un reflejo fugaz de aquellos días compartidos en su cocina, de las risas y las conversaciones mientras el aroma del strudel se esparcía por toda la casa.

Casi sin pensarlo, Jorge se acercó y tomó el libro con delicadeza, como si fuera un objeto sagrado, una reliquia de su amistad, de su amor por la cocina. Sus dedos rozaron las páginas gastadas, las esquinas arrugadas por el uso, por los años de cariño y dedicación. Con la misma reverencia, comenzó a buscar la receta del strudel, aquella que Anne Marie había preparado tantas veces para él. Su mirada recorrió las instrucciones lentamente, absorbiendo cada palabra, cada detalle: harina, canela, manzanas, nueces, mantequilla. Los ingredientes se iban desplegando ante él, como un mapa hacia un pasado que, aunque ya no existía, lo seguía guiando. Con un suspiro profundo, Jorge comenzó a sacar los ingredientes, uno a uno, con una energía que parecía no haber tenido en semanas. Sus movimientos eran lentos, casi ceremoniosos, mientras buscaba la harina y las manzanas, las nueces y la mantequilla. Cada paso, cada gesto, estaba cargado de un significado profundo. No era solo cocinar. Era un acto de amor. Era un rito de despedida, un homenaje a lo que fue y ya no sería.

Leía la receta con meticulosidad, como si al seguir cada instrucción al pie de la letra, pudiera recrear no solo el sabor del strudel, sino también los momentos compartidos con ellos. Podía casi sentir la presencia de Anne Marie detrás de él, su voz suave y cariñosa, regañándolo por no medir bien las porciones, por no ser lo suficientemente preciso. Y aunque la voz de Anne Marie ya no podía oírla en el aire, Jorge la sentía cerca, como una caricia del pasado que aún le ofrecía consuelo.

A medida que la mezcla tomaba forma, el aroma comenzó a llenar la cocina. El olor dulce y cálido del strudel en el horno le envolvía, lo abrazaba, lo transportaba a tiempos pasados, a tardes lentas en las que, junto a Kurt y Anne Marie, compartía no solo la comida, sino también las risas, los abrazos, los sueños. A medida que el strudel se cocía, Jorge lo miraba con una mezcla de nostalgia y gratitud. La cocina, el lugar donde tantas veces se habían reunido, se transformaba en un altar improvisado, y él, un sacerdote del recuerdo, estaba llevando a cabo un último rito.

Cuando finalmente el strudel estuvo listo, aún tibio, Jorge se sentó a la mesa. La luz suave de la tarde entraba por la ventana, iluminando su rostro, que aún llevaba las huellas de la tristeza, pero también de una rara serenidad. Cerró los ojos, y por un momento, fue como si ellos estuvieran allí. Como si Anne Marie y Kurt lo rodearan, como si todo lo perdido regresara por un instante. Sonrió con una nostalgia profunda, casi dolorosa, y con una delicadeza reverente, levantó un trozo de strudel.

Al dar el primer bocado, la mezcla de sabores lo inundó, la manzana ácida y la canela dulce, la textura suave y crujiente, como un eco de los días felices, de los momentos compartidos. Y, por primera vez en mucho tiempo, Jorge sintió que todo estaría bien. Como si el sabor de aquel strudel, preparado con tanto amor y memoria, lo conectara nuevamente con un amor inmenso, que, a pesar de la ausencia, siempre estaría con él. En su corazón, en su alma, en cada bocado.

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