La oscuridad se precipitaba sobre las calles, una manta sombría que absorbía la luz hasta el último resquicio. Un solitario farol, suspirando en la penumbra, apenas lograba desentrañar los secretos ocultos entre los basureros y las hendiduras del callejón. Sus destellos titilantes dibujaban sombras grotescas que danzaban en las paredes, como espectros que buscaban refugio en los rincones más lúgubres de la ciudad.
El lamento distante de sirenas resonaba en el aire, una sinfonía discordante que se entrelazaba con los ladridos de los perros, convirtiendo la noche en un escenario caótico. Cada rincón de aquel laberinto urbano vibraba con una tensión palpable, como si el mismísimo pavimento contuviera el peso de secretos oscuros y crueles.
Entre los callejones y pasajes, el aire se saturaba con el penetrante cóctel olfativo de orina y basura, una amalgama nauseabunda que se aferraba a los sentidos. Los pocos transeúntes, nulos y anónimos, se veían obligados a acelerar sus pasos, como si temieran despertar a las sombras que acechaban en cada esquina.
Caminar por allí era sumergirse en una pesadilla sensorial, donde la desesperación se mezclaba con el hedor y la incertidumbre. Cada bocanada de aire era un recordatorio cruel de la decadencia que se escondía tras cada fachada desgastada. En ese escenario, la noche se convertía en un testigo silente de la guerra que se libraba en los callejones, donde el misterio y la desolación se entrelazaban en una danza macabra.
Envueltos en el oscuro manto nocturno, los haces de luz de dos automóviles se desafiaban mutuamente. En el epicentro de esta danza de luminiscencia, Ramón y El Cirujano se erguían, bañados por una luz que les confería la apariencia de protagonistas siniestros en un escenario de horror y crimen. Sus figuras proyectaban sombras alargadas, como si la propia noche se retorciera ante su presencia.
Custodiándolos, tras cada uno, se alineaban sus guardaespaldas, sombras en la penumbra con las manos aferradas a sus revólveres, ocultos bajo las solapas de sus chaquetas. La amenaza se cernía en el aire denso, tan tangible que podría cortarse con una navaja afilada. La tensión, como un palpitar incesante, llenaba el espacio circundante, creando un silencio que ni las moscas osaban romper con su vuelo errático.
Las miradas, cargadas de hostilidad, se cruzaban como hojas de acero en un duelo silente. Todos compartían una actitud bélica, una competencia silenciosa por demostrar quién era más implacable, más imponente. El aire vibraba con la pulsante energía de un enfrentamiento inminente, como si cada uno desafiara al otro a cruzar el umbral de la violencia. En ese momento suspendido en el tiempo, si las miradas pudieran matar, el asfalto se teñiría con la sangre de rivalidades sepultadas en el submundo de la noche.
La mirada malévola y serena de El Cirujano se entrelazaba en una danza oscura con la ira impetuosa de Ramón. Este último resoplaba y gruñía, como un vehículo de carreras que desgasta sus llantas antes de la explosión inicial. El aire pesado y viciado del entorno se veía exacerbado por el reguero de cocaína que adornaba las fosas nasales de Ramón, una alfombra efímera que saludaba con avidez el ambiente nauseabundo.
En sus ojos, la figura de El Cirujano se imprimía como una marca maldita en las retinas de Ramón, avivando la furia que ardía en su interior. Cada parpadeo era una afirmación silenciosa de la venganza que se gestaba en su alma atormentada. En su mente, el eco persistente del recuerdo de su hermano asesinado resonaba, una herida fresca que se abría en cada pensamiento. El cuerpo abandonado y expuesto, una macabra ofrenda a la luz del sol, era la prueba irrefutable de la crueldad de El Cirujano.
El odio, denso como una niebla tóxica, envolvía a Ramón mientras sus pensamientos se entretejían con el deseo de venganza. Cada palabra no dicha, cada lágrima reprimida, se materializaba en un rastro de combustible para la tormenta que se avecinaba. El aire mismo vibraba con la intensidad de una tragedia que se desplegaría en los oscuros pliegues de la noche.
- Tú... - Finalmente, Ramón habla, su voz impregnada de duelo, como un lamento arrastrado por las sombras. - No tienes idea de lo que hiciste, Cirujano. Me las pagarás muy, muy caro. - Ramón resopla como un toro furioso, cada exhalación cargada de un odio que parece emanar desde las profundidades mismas de su ser.
- Él sabía en lo que se estaba metiendo. Si no pagaba, me haría cobrar. Aún así, su deuda sigue impaga, por lo que tú la heredarás.
- ¿¡De qué hablas!?
- El cadáver de tu hermano era una basura. Ni su sangre me servía para venderla. Su corazón, su hígado, sus pulmones... Todos inservibles. ¿Lo tenías de conejillo de indias acaso? ¿A tu propio hermano como catador?
- No me digas cómo hacer mis negocios, Cirujano. - El dedo de Ramón es filoso como un punzón, apuntando directamente a los ojos de su rival. - Y no te daré un solo peso.
- Tú sabes que así no funcionan las cosas. Me debes dinero, mucho dinero que la rata de tu hermano no pudo pagar.
Cada palabra resonaba en el aire denso como un veredicto, cada frase cargada con la amargura de una traición que no se borrará fácilmente. La conversación, más que un diálogo, era un enfrentamiento de voluntades, donde las palabras eran las armas y el duelo de miradas, el preludio de una batalla inevitable. En ese callejón oscuro, el destino de ambos se entretejía con la violencia y la desesperación.
- No te debo nada. - Ramón escupe a los lustrados y caros zapatos italianos del Cirujano. - Eres una porquería, tu negocio es un asco. Je, no eres más que un chiste. Lo único que veo frente a mí es a un pobre diablo.
El Cirujano esboza una leve sonrisa mientras analiza la mirada de Ramón, seguida de un suspiro. De su chaqueta saca un papel delicadamente doblado y se lo extiende a su contrincante. Ramón se lo arrebata de las manos y lo comienza a leer.
- Ese es el detalle de la deuda. Y como somos hombres de negocios, podemos conversar las formas de pago y las cuotas. Cómo lo dije antes, yo me hago cobrar si no me responden.
Ramón bota el papel al suelo y lo pisotea con energía.
- ¡¡ESO PIENSO DE TU DEUDA!! ¡No te daré ni un peso!
- ¿Esa es tu respuesta final, Ramón? - la inflexión de la voz del Cirujano alertó a sus guardaespaldas que cargaron sus revólveres y apuntaron hacia el bando contrario. - Yo me voy de aquí con mi deuda saldada o con un trato, pero nunca con las manos vacías.
- Eres un iluso, un payaso. Lo único que veo en tí es un mal chiste
- Yo veo a un millón de dólares.
En ese instante, los guardaespaldas del Cirujano lanzaron una certera bala a las cabezas de los oponentes y al entrecejo de Ramón, cayendo los seis cuerpos sincronizadamente al suelo, como marionetas al que le cortaron los hilos. De su escondite, sale un camión, de donde salen bolsas y todos los secuaces empiezan a embolsar los cadáveres para su cosecha y faenamiento.
La escena final se desenvuelve en un silencio sepulcral, roto solo por el sonido sordo de los cuerpos caídos y el macabro ritual de recolección que sigue. La noche, testigo mudo, guarda los secretos de aquel oscuro callejón donde la deuda se pagó con sangre y los negocios se regían por una moral retorcida.
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