El Silencio de Elvira

     La luz se filtraba suavemente entre las fibras de la cortina, envolviendo la habitación en una tenue penumbra. Era una de esas mañanas de primavera que, a pesar de su promesa de renovación, traían consigo un aire frío y solitario. Doña Elvira abrió los ojos lentamente, y su corazón se encogió al ver el otro lado de la cama vacío, las sábanas apenas arrugadas, casi intactas. Ernesto, su compañero de los últimos 43 años, ya no estaba. Habían pasado dos días desde su muerte, y apenas ayer lo habían sepultado.

Elvira se acurrucó un poco más entre las sábanas, como si estuviera debatiendo con ellas si valía la pena abandonar la calidez de la cama. Todo parecía detenerse en ese pequeño espacio, su refugio silencioso. ¿Qué haría ahora, que la vida la había dejado viuda? Se lo preguntaba una y otra vez, mientras la casa permanecía en el más profundo de los silencios. ¿Qué sentido tenía el día, o los que vendrían, sin Ernesto a su lado?

Finalmente, la rutina, esa fuerza silenciosa que no cede, la obliga a levantarse. Caminó hacia el baño, donde el aire era fresco y la luz fría. Frente al espejo, dejó que el agua tibia corriera entre sus manos, salpicando su piel. Fue entonces cuando lo percibió: un sonido que no era ruido, una presencia sin nombre. Algo familiar, pero al mismo tiempo extraño, parecía llenar el espacio.

Mientras el agua caía, Elvira se detuvo. Sus oídos captaban un nuevo matiz, algo que antes no había notado. Era casi imperceptible, como el eco de algo que siempre había estado allí, pero que ahora adquiría una forma diferente, más nítida. No era el agua. Era algo más. Tal vez un susurro escondido en el aire, o en las paredes, o en el mismo latido de su propia casa.

Sin saber qué pensar, terminó de lavarse el rostro, apretando la toalla entre sus dedos mientras su mente seguía tratando de descifrar aquel fenómeno. Se envolvió en su bata, aún con esa vaga sensación palpitando en sus pensamientos, y se dirigió a la cocina, como si el secreto de ese nuevo sonido la siguiera acompañando.

En la cocina, Elvira preparaba el desayuno en piloto automático, sus manos moviéndose sin necesidad de pensar. La tetera, al ponerse sobre el fuego, comenzó su ritual, primero con un murmullo suave, como un grupo de niños jugando a la distancia, hasta que el agua, con su furia creciente, rompió la calma con un silbido agudo, tan penetrante que la obligó a apagar el fuego rápidamente. A pesar de la distracción, esa sensación seguía allí, persistente, como una sombra sonora.

Mientras vertía el agua en la taza, Elvira se quedó inmersa en la extrañeza de lo que oía, o quizá de lo que no oía. Ese fenómeno aún la rodeaba, acompañándola a cada paso, y no lograba entenderlo del todo. Era como si el espacio entre los sonidos habituales hubiera cambiado, dejando algo nuevo en su lugar.

Repasaba mentalmente lo que escuchaba, buscando el origen: el suave choque de la loza, el agua cayendo en la taza, los pasos de los vecinos al salir de sus casas, el canto de los pájaros que se alzaba en el aire fresco. Pero nada de eso explicaba aquella sensación. Ninguno de esos sonidos cotidianos lograba encapsular lo que la inquietaba. Había algo más, algo que escapaba a su comprensión, como si el eco de otro mundo se hubiera colado en el suyo, pero ella aún no lograba darle forma.

Decidida a ponerle nombre a ese nuevo ambiente que la rodeaba, Elvira terminó su opíparo desayuno sin apenas notarlo. Se levantó con una mezcla de pesadez y rutina, y se dirigió al dormitorio a vestirse. Miró con desgano la blusa negra que había usado ayer para el funeral, acompañada por la falda del mismo tono, ambas aún cargadas del dolor reciente. Sin pensarlo mucho, las arrojó al cesto de la ropa sucia, como si quisiera deshacerse de ese luto que la envolvía.

Su corazón seguía lamentando el destino fatal de su amado Ernesto, pero sabía que no podía permitirse el lujo de quedarse llorando eternamente, como una Magdalena. Aunque, a pesar de ello, no lograba encontrar sentido a sus días, ni siquiera a esa mañana. Ernesto era siempre el de los planes, el que, con su energía inagotable, saltaba detrás de ella para decirle con su voz cálida: "Elvirita, vamos a caminar" o "Elvirita, tomémonos un café en la plaza".

Sus labios esbozaron una sonrisa débil al recordar esas tardes de verano, cuando iban juntos al centro de la ciudad. Se sentaban en la misma mesa de la heladería de su juventud, compartiendo un banana split entre los dos, riendo y conversando sin parar sobre la familia, los nietos, los amigos que se habían ido antes que ellos. Momentos simples, pero que ahora parecían tan lejanos, tan imposibles de recuperar.

Sentada en el borde de la cama, Elvira suspiró profundamente, y su voz se quebró en un susurro. Una tímida lágrima se deslizó hasta el borde de su ojo, retenida, como si temiera derramarse. Todos esos recuerdos permanecerían en el pasado, anclados en una historia que ya no podría revivir con su Ernesto. Y en ese instante, sintió con más fuerza que nunca el peso de la ausencia.

¿Qué estaría haciendo Ernesto si siguiera vivo? Por la hora, probablemente ya estaría sentado en su sillón favorito, con la mirada fija en la televisión, viendo algún programa de actualidad para mantenerse informado. Sabía que pronto darían las noticias del mediodía, esas que siempre esperaba con paciencia, a pesar de sintonizar el canal correcto horas antes, como si no quisiera perderse ni un segundo de la rutina que tanto lo reconfortaba.

Elvira, en cambio, estaba de pie frente al mueble, sus ojos paseando lentamente sobre las fotos que adornaban la sala. En todas, Ernesto sonreía, esa sonrisa luminosa que parecía atravesar los años y las historias. Incluso en las fotos donde estaban sus hijos o nietos, la presencia de Ernesto brillaba con fuerza, como si él fuera el eje de todas esas vidas. Elvira las repasaba una por una, como si con su mirada pudiera traerlo de vuelta, como si su deseo fuera suficiente para devolverlo a este mundo. Pero no importaba cuánto tiempo pasara observándolas; nada funcionaba.

Rendida, dejó escapar un suspiro y se dejó caer pesadamente en el sofá. Con el tejido en el regazo y la mente aún atrapada en esos recuerdos, estiró la mano hacia el control remoto que descansaba a su lado. Lo tomó con dedos temblorosos, acariciando el borde metálico del botón de encendido, ese mismo control que Ernesto usaba cada día, siempre antes de tiempo, siempre dispuesto para recibir las noticias, como si en ellas encontrara el orden en medio del caos.

En ese momento, Elvira lo entendió. Aquello "raro" que la había seguido desde el instante en que abrió los ojos esa mañana. Ese sonido extraño y persistente que la acompañó durante el desayuno, como un eco que no terminaba de revelar su origen. Finalmente, lo comprendió: era la primera vez en 43 años de matrimonio que ella cogía el control remoto de la televisión y tenía la libertad de elegir qué ver. No había discusión, ni preguntas, ni ese habitual zumbido de fondo de Ernesto ajustando el volumen y hablando sobre cualquier cosa que le interesara.

La casa, ahora, estaba inundada por una calma que parecía expandirse desde los rincones más lejanos hasta envolverla por completo. El silencio, ese silencio que tanto la había desconcertado, finalmente revelaba su naturaleza: era la ausencia de Ernesto. Una paz nueva, extraña, pero palpable, se había asentado en su hogar.

Elvira repasó mentalmente lo que había sucedido desde que se levantó. Cada pequeña acción, que antes parecía cargada de ruido, hoy había sido distinta. Por ejemplo, cuando salía de la cama, Ernesto ya estaba en la ducha, hablándole a través del chorro de agua, discutiendo los quehaceres del día, su voz difusa por el ruido del agua y el vapor que lo envolvía. Ella siempre se quejaba de no escuchar nada, pero ahora se dio cuenta de que ese diálogo matutino había sido lo que marcaba el inicio de su jornada.

Y luego, el desayuno. Cuán diferente se sintió hoy. Antes, Ernesto siempre encontraba algo de lo que quejarse. Si no era que no había suficiente pan, era que el que había estaba ya duro, pasado. Y, por supuesto, la prótesis dental. Siempre la dejaba sobre la mesa sin el menor reparo, como si fuera un objeto más de la casa. A Elvira siempre le había producido un asco silencioso, pero jamás lo comentó. Se limitaba a soportarlo, como tantas otras cosas. Odiaba sentarse a desayunar con Ernesto en casa, aquella dentadura postiza sobre el mantel como si fuera un adorno más en su mesa, un recordatorio de lo invasivo que podía ser incluso en esos pequeños detalles.

Ahora, sentada con el control en mano, se dio cuenta de lo que era ese "sonido". Era el silencio, un silencio profundo, lleno de posibilidades. Un espacio nuevo en el que, por primera vez en décadas, ella podía moverse sin la sombra de Ernesto marcando cada paso. Y aunque dolía, también se sentía como una pequeña liberación.

Esbozó una leve sonrisa de satisfacción, una que no recordaba haber sentido en mucho tiempo. Cuántas veces había deseado, en silencio, poder elegir qué ver mientras tejía, pero Ernesto, con su obsesión por las noticias y los sucesos del mundo, jamás lo permitió. La televisión había sido su dominio, un altar en el que los informativos reinaban sin tregua. Pero ahora, en esa calma recién descubierta, Elvira tenía el control.

Encendió la televisión, y sus dedos, más hábiles de lo que recordaba, navegaron con ligereza por los canales hasta encontrar, por fin, el programa que tantas veces había anhelado ver a esas horas. La sintonía inicial ya había pasado, pero eso no le importaba. Elvira se acomodó en el sofá, rodeada de cojines y del suave calor que irradiaba la luz tenue de la ventana, y comenzó a tejer.

Sus manos, diligentes y seguras, se movían con la precisión que solo los años de práctica podían otorgar. Las agujas entrecruzaban las hebras de lana con un ritmo casi hipnótico, el suave clac de las puntas de metal resonando en la habitación vacía, mezclándose con las voces del televisor. El tacto de la lana era familiar, reconfortante, deslizándose entre sus dedos con la suavidad de una caricia.

No necesitaba mirar sus manos; conocía su oficio a la perfección. Sus dedos se movían solos, guiados por la memoria de años, permitiéndole entregarse completamente al placer de ver su programa favorito. Era un pequeño lujo que ahora podía disfrutar sin interrupciones, sin los constantes murmullos de Ernesto al otro lado de la sala, sin la urgencia de atender a sus comentarios o quejas. Por un par de horas, Elvira se sintió libre, perdida en el mundo de su programa y el suave vaivén de sus agujas.

El trance fue bruscamente interrumpido por el agudo timbre del teléfono. El nombre de uno de sus hijos titilaba en la pantalla, pero Elvira, aún aturdida por el sobresalto, tuvo que buscar apresuradamente sus anteojos. Al colocárselos de nuevo y ajustarlos sobre su nariz, logró enfocar bien la pantalla. Sorprendida, respondió con una voz suave, que aún llevaba consigo la serenidad de su momento interrumpido.

Su hijo le preguntaba cómo había pasado la noche, con ese tono cariñoso y preocupado que tanto la enternecía. Elvira respondió con una mezcla de nostalgia y ternura, reconociendo el gesto afectuoso que no siempre se tomaba el tiempo de apreciar. Luego, vino la invitación: almorzar juntos ese día, para que no se quedara sola en casa.

Elvira se quedó en silencio un momento, el teléfono en su mano y su mirada perdida, contemplando la paz que había descendido sobre su hogar desde la partida de Ernesto. El bullicio que él había traído consigo, sus discusiones con la televisión, sus pasos pesados, su risa vibrante… todo se había desvanecido. Ahora, el silencio reinaba. Y no era el tipo de silencio vacío que uno podría temer, sino una calma envolvente, como una manta tibia en un día frío. Una calma que, en ese instante, le parecía tan deliciosa, tan reconfortante, que deseaba prolongarla.

Elvira sonrió al teléfono, con una calidez sincera. Agradeció la invitación con cariño, pero declinó amablemente. "Hoy no, hijo", dijo con suavidad, "pero gracias, de verdad". Se despidió de él y colgó, dejando el aparato sobre la mesita de café, mientras su mirada volvía al televisor y a las agujas en sus manos.

Retomó su tejido y su programa, dejando que el suave ritmo de las agujas la meciera de nuevo en esa tranquilidad que había comenzado a saborear. Por primera vez en mucho tiempo, Elvira presintió que su viudez podía ser, sorprendentemente, satisfactoria. A pesar de la ausencia de Ernesto, había algo que disfrutaba en este silencio.

Y, sin embargo, en el fondo de su ser, un pensamiento persistía: ojalá Ernesto estuviera allí, pero sin tanto ruido.

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