El Juicio del Corazón

 —Señora Patricia, ¿puede comentarnos cómo fue cuidar de Yonatan en este tiempo?

—Difícil, abogado. Como se han dado cuenta, Yonatan es un adolescente que tiene muchas carencias económicas y emocionales.

—¡Mentirosa! ¡A mi hijo le doy todo! ¡Tú eres la que lo deja mal! —grita Yesenia desde su podio. Su abogado la retiene del brazo, evitando que la escena empeore.

Patricia rodaba los ojos con hastío. Estaba obligada a vivir una situación en la que ella misma no sabe cómo se metió. Su estudiante, Yonatan, estuvo a su cuidado por un mes, porque la madre fue finalmente denunciada por vulneración de derechos y, en un absurdo de la vida, su peor alumno terminó en su casa con un bolso con ropa.

—¡Orden! ¡Orden en la sala! —el juez golpea su martillo, imponiendo nuevamente un ambiente propicio para proseguir—. Abogado, continúe, por favor.

—Gracias, su señoría —el abogado se arregla la ropa para continuar—. Señora Patricia, ¿puede comentarnos más sobre la convivencia con Yonatan? ¿Qué fue lo más difícil?

Patricia suspiraba, sin saber por dónde comenzar. El adolescente del que hablaban era el perfecto opuesto a un estudiante normal. Era un muchacho con arranques de ira inexplicables y azarosos, tenía un rendimiento paupérrimo y su actitud desafiante ante quien se le cruzara tiraba por la borda todos los esfuerzos de Patricia y de sus colegas. Patricia profesionalmente había abordado estos problemas en el aula con todos los profesionales y compañeros habidos y por haber, pero nada había dado resultado, por lo que Patricia contaba los días en que Yonatan egresara del colegio para no lidiar con él nunca más.

—Mire, abogado. Imponer las reglas de mi casa, las mismas que le impongo a mis hijos, a un chiquillo como él fue un suplicio. Yonatan lo pasó mal, yo lo pasé mal… No sé cómo mi familia pudo soportarlo.

Yonatan estaba en el público, absorto en su teléfono y con los audífonos puestos. Ni se había dado cuenta de que estaban hablando de él, sumido en un mundo propio.

Yesenia, desde su lugar, miraba con desprecio a Patricia. Tenía ganas de abalanzarse sobre ella, pero los medicamentos recetados por su psiquiatra hacían el efecto deseado, logrando controlar sus impulsos.

—¿Puede detallarnos más sobre las cosas que ocurrían en su casa, la rutina…?

—A ver… —Patricia se internaba en sus recuerdos—. Cuando llegó, le presentamos lo que sería su habitación. Lo solíamos tener como oficina, pero con mi marido conseguimos una cama y otros muebles para darle la apariencia de dormitorio. Desempacamos su ropa, y me fijé que su ropa interior estaba rota y sucia. Yonatan se sentía avergonzado. Le pregunté cuándo había sido la última vez que le compraron ropa, a lo que Yonatan me dice que eso tiene que verlo él, pues su mamá le dijo que él tenía que aprender a arreglárselas por sí mismo. Sin embargo, tampoco le daba mesada, ni le dejaba trabajar, por lo que no sé cómo lo hacía antes. Con mi marido nos miramos, y partimos con él inmediatamente a comprarle calzoncillos. —Yesenia iba a interferir, pero su abogado le hace un gesto para disuadirla—. Recuerdo también que lo incluimos en las actividades familiares, como las salidas, las noches de juegos… Y todas las tardes, cuando regresaba del trabajo, me sentaba con mis hijos y Yonatan a hacer las tareas y estudiar. Eso fue muy difícil, pues Yonatan tenía los cuadernos en blanco, lo que dificultaba mucho el proceso.

—¿Y logró mejoras en lo académico?

—Sin duda. El colega de lenguaje me comentó que, en la última prueba, Yonatan subió cinco décimas, y que demostraba algo más de interés en la asignatura. La colega de matemáticas me dijo que estaba sorprendida de que finalmente escribiera algo en el cuaderno. Y así, me he llenado de comentarios en este tiempo de lo que Yonatan demostró en este tiempo conmigo.

El adolescente seguía totalmente aislado de la situación, completamente desconectado de la realidad bajo la protección invisible de los audífonos y la prisión de la pantalla de su celular.

—¿Su familia ha comentado algo al respecto?

—Mi hijo menor me dijo que le gusta jugar Nintendo con él, ya que finalmente tiene con quién competir en los juegos. Mi hija mayor es unos años menor que Yonatan y dice que se siente a gusto con él, pues la defiende de algunos compañeros que la molestan.

El abogado se sonríe satisfecho.

—No más preguntas, su señoría —dijo, mientras se devolvía a su asiento.

La abogada de Yesenia se levanta de su asiento y camina hacia Patricia de manera calculada.

—Señora Patricia, durante la estadía del menor en su casa, ¿hubo problemas?

—Claro que sí, como en todo hogar.

—¿Puede darnos algunos ejemplos?

—A mis hijos les exijo que apaguen sus equipos electrónicos a las ocho y media de la noche, para que preparen sus cosas para el día siguiente. Yonatan nunca hizo caso, y se resistía a darme su teléfono.

—¿Y para qué quería usted el teléfono de Yonatan?

—Para apagarlo y dejarlo cargando durante la noche, lo mismo que se hace con los demás teléfonos de la casa.

—¿Y si él quisiera hablar con su madre durante la noche?

—Podía hacerlo, pero tenía que avisarme, para pasárselo.

—¿Y cómo podemos asegurarnos de que usted no quería evitar el contacto de Yonatan con su madre?

—¡Objeción, su señoría!

—Denegado. Responda, por favor.

—Abogada, —comienza Patricia con la mirada llena de hastío— se me encomendó el cuidado del niño y eso fue lo que hice. No quería hacerlo, pero lo hice de todas formas y con una sonrisa en la cara. Como profesora de Yonatan, espero que se dé lo mejor para su bien. Y si él quiere hablar con su mamá, puede hacerlo. No se lo voy a negar.

—¿Y por qué nunca la llamó? ¿Acaso le dio excusas para no darle el teléfono?

—¡Objeción, señoría!

—Abogada, reformule la pregunta.

—Sí, su señoría. Patricia, ¿por qué Yonatan nunca llamó a su madre mientras estaba con usted?

—Porque no quería. Incluso le pregunté varias veces si quería llamarla, pero me respondió que no.

Yesenia resoplaba en su asiento.

—¿Cree usted, Patricia, que Yonatan quiere estar con usted?

—No. No lo creo. Es más, estoy segura. Todos los que estamos aquí queremos lo mejor para él. De seguro él querrá volver a su casa con su mamá, o irse con un familiar si eso no fuera posible. Es su ambiente, lo que ya conoce y se siente cómodo ahí, supongo. ¿Pero conmigo? No.

—No más preguntas, su señoría. —La abogada se da la vuelta y se regresa a su lugar.

El juez llama a Yonatan al estrado. Un guardia tuvo que tocarle el hombro al adolescente para que se diera cuenta de que era llamado.

Mientras el muchacho se dirigía a paso lento al frente de la sala, Patricia clamaba que este calvario termine de una vez. No quería volver a pisar el juzgado de nuevo, ni seguir viviendo esta pesadilla. A estas alturas, quiere desligarse de esta situación que ni siquiera quiso estar involucrada.

Yonatan finalmente se sienta y mira alternadamente a Patricia y a su madre, sobre todo a esta última, quien le devuelve el gesto con una mezcla de autoridad distante y amenaza, mientras que Patricia lo observa con cariño, como diciéndole: "Di tu verdad".

El abogado de Patricia se le acerca y le pregunta:

—Yonatan, dinos, por favor, ¿cómo te sentiste en la casa de tu profesora?

—Fue… raro.

—¿Por qué?

—Porque no pensé que iba a terminar viviendo con mi profesora.

—¿Sentiste miedo al estar allí?

—No.

—¿Te sentiste amenazado o que tu vida corría peligro?

—No. —Yonatan se toma unos instantes en meditar su respuesta.

—¿Y cuándo vives con tu mamá? ¿Cómo es?

Yonatan mira a su madre. Su ya encogido marco parece empequeñecerse aún más al verla, mientras confiesa las acciones de su madre.

—Mi… Mi mamá me ama mucho. —Yesenia sonreía satisfecha y se reclinaba sobre su asiento.

—¿Y cómo sabes eso? ¿Cómo sabes que tu mamá te ama?

—Porque hace muchas cosas por mí.

—¿Cómo qué? ¿Nos puedes decir algunos ejemplos?

—Mi mamá trabaja todo el día. También se preocupa de que vaya al colegio y siempre va cuando la llaman por mí. Ella se ha sacrificado mucho por mí.

—¿Cómo lo sabes?

—Ella me lo dice.

Yesenia se sentía triunfadora.

—Tu profesora, la señora Patricia, dijo que cuando llegaste a su casa, tenías tu ropa interior sucia y rota, ¿es cierto?

—Sí. —dijo Yonatan, bajando la mirada.

—¿Por qué tu mamá no te compró ropa nueva?

—¡Es que ella dice que tengo que hacerme hombre! ¡Que no tiene que consentirme con esas cosas, que es mi responsabilidad! ¡Que ella ya hace demasiado por mí, que no tiene plata, que tengo que poner de mi parte! —Yonatan se exaspera con la respuesta, manifestando el dolor que siente.

—Cuando tu mamá te dice esas cosas, ¿tú le crees, cierto?

—Sí, po. Es mi mamá.

—¿Y cómo te sentiste al verla llegar aquí con un teléfono iPhone último modelo?

—¡Objeción, su señoría! ¡Eso no tiene nada que ver con lo que estamos discutiendo!

—De hecho, sí tiene que ver, abogada. —dijo el juez, implacable en su tono—. Responde, por favor.

—Me sentí mal. —dijo Yonatan, con lágrimas asomándose en sus ojos—. Siempre me dice que no hay plata para mis cosas, pero después llega con ropa para ella, cosas para ella.

—¡Es que tú también pides cosas carísimas, Yonatan! ¿Cómo voy a comprarte una consola, si no tengo plata? —grita Yesenia desde su puesto.

—¿Y cómo hace para comprarse cosas de lujo si no tiene para lo de Yonatan, Yesenia? —le reprocha Patricia con la voz ardiendo de ira.

—Una mujer merece darse gustos. ¡Criar a un niño sola es sacrificado, sobre todo a un niño como el Yonatan! ¡Me merezco todo eso y más!

—Claro, y al Yonatan que se lo coman los perros, ¿cierto? —Patricia rueda los ojos nuevamente, sin disimular en lo más mínimo.

Yesenia le grita obscenidades, mientras su abogada la retiene de los brazos. Los guardias de la sala contienen a la mujer, que tiene evidentes intenciones de agredir a Patricia. El juez martillea fuertemente para imponer orden. La gente murmura en la sala y los abogados calman a sus clientes antes de proseguir.

—¡Orden en la sala! ¡Ambas deben mantener la compostura o serán expulsadas por desacato! Abogado, puede continuar.

—Gracias, señoría. Yonatan, ¿y cómo te sentiste cuando tu profesora te compró ropa?

—Me sentí bien. Me compró unos calzoncillos bonitos, que tenían el símbolo de "Colo Colo". También me compró un pijama nuevo, porque el mío me quedaba chico.

—¿Cómo te llevaste con los hijos de tu profesora?

—Bien. El niñito es súper simpático y bueno para jugar al "Mario". Me enseñó cómo jugar otros juegos. Es seco el cabro chico.

—¿Y la hija mayor de la profesora?

—Es simpática. La quiero harto, porque es como si fuera mi hermanita. Siempre quise tener hermanos, pero como mi papá se fue…

—¿Te gustaría vivir con tu profesora para siempre?

Yonatan retuvo el aliento unos segundos. Miró a su madre, que lo seguía observando amenazante. ¿Qué hará cuando regresen a casa? ¿No le dará comida en todo el día? ¿Romperá los platos como la última vez? ¿Le gritará y le echará la culpa por dejarla mal frente al juez y al resto de la gente?

Finalmente, Yonatan suspiró profundamente, mirando a los ojos a Patricia.

—Sí. Mi profe es estricta y media pesada, pero me cuida de verdad. Siento que mi profe me quiere mucho. —una sonrisa genuina apareció en los labios de Yonatan.

La mirada de Patricia se derretía ante las confesiones del muchacho. La relación era mutuamente exasperante y siempre lo fue desde un inicio, pero no pensó en ser tan influyente, ni de esa manera, en la vida de su estudiante. Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Lo que para ella eran cuidados mínimos dignos para un ser humano de esa edad, para Yonatan eran muestras de afecto y cariño verdaderos. 

El juez agradeció la intervención del adolescente y le pidió que bajara del estrado. Yonatan lo hizo, irguiéndose notablemente, como si se hubiera quitado un peso titánico de encima. Parecía haber crecido diez centímetros en cuestión de segundos. Mientras volvía a su asiento, miró a Patricia con calidez.

Por otro lado, Yesenia observaba a su hijo con incredulidad. ¿Cómo se atrevía a hablar así de ella, después de todo lo que había hecho por él? No era su culpa no poder darle más, pero eso no significaba que no lo amara, ¿o sí? No, tenía que ser culpa de Patricia. Seguramente lo había manipulado, lo había puesto en su contra. Porque Yesenia sabía que era una buena madre… solo que su hijo no lo comprendía, y ahora Patricia lo había confundido.

El juez se ajustó los lentes y se acomodó en su podio antes de dar la sentencia.

—En mis veinte años como juez de familia, he conocido muchos tipos de padres: ausentes, sobreprotectores, despreocupados, autoritarios, abusivos… Pero jamás había visto a una madre que no es madre, ni a una profesora que sí lo es.

—¡Pero, señor juez, entienda que soy una víctima aquí! —protestó Yesenia, alzando la voz—. ¡Tengo que trabajar! ¡No tengo un marido que me mantenga!

—Señora Yesenia, entiendo que hace lo que puede por su hijo. El problema es que eso no es suficiente y su negligencia ha puesto en riesgo a Yonatan. Por lo tanto, dado que usted no puede hacerse cargo de él, le otorgo la custodia de Yonatan Andrés Osorio Torres a la señora Patricia Isabel Mendoza Correa. Esta decisión es efectiva de inmediato. En una próxima audiencia determinaremos si deberá o no pagar pensión de alimentos. Se levanta la sesión.

El sonido del martillo del juez marcó el final. Yonatan corrió hacia Patricia y la abrazó con fuerza, con los ojos llenos de lágrimas. Ella le devolvió el abrazo, pero ya no como su profesora, sino como su madre.

En su interior, Patricia sabía que este no era el final que había imaginado, pero sí el que Yonatan necesitaba y eso era lo mejor para él.


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