—Ten —dijo, estirando el brazo por sobre la mesa con la elegancia exagerada de quien quiere que la vean—. Felices cuarenta, querida.
La caja tenía un moño dorado y olía a violetas. Sonreí, sin poder evitarlo.
—Gracias por el regalo —respondí, tomándolo con ambas manos, como si fuera frágil—. No tenías que molestarte.
Ella sonrió, satisfecha, y se acomodó el gorro de su abrigo peludo. Ese de animal print que parecía sacado de un videoclip noventero. El gesto fue coqueto, casi teatral.
—Para eso estamos las amigas, ¿no?
El vapor del café subía en espirales lentas, perdiéndose entre nosotras. Afuera, el cielo tenía ese color gris perlado que me recuerda al invierno junto al mar. Adentro, la casa olía a canela, a torta tibia y a café recién hecho. Todo era cálido, silencioso. Seguro.
—Y cuéntame de ti —dijo, cruzando las piernas con elegancia—. Hace tiempo que no me vengo a dar una vuelta. Estás más estupenda que nunca.
Solté una risa corta, casi tímida. Apreté la taza entre las manos, buscando en su calor las palabras que aún me costaba decir.
—Al final… renuncié.
Ella abrió los ojos como platos y dejó caer la taza suavemente sobre el plato. Su expresión fue una mezcla de sorpresa y drama perfectamente ensayado.
—No… ¡Quién lo hubiera dicho! ¿Tú, renunciar a tu vocación?
—Sí, pues… así fue.
—¿Y qué te llevó a tomar una decisión tan drástica?
Me detuve con la taza a medio camino y le lancé esa mueca irónica que ella conocía de sobra. No hizo falta más.
—Me refiero a cómo fue el proceso, linda —corrigió, levantando las cejas—. ¡Hablabas de ser profesora desde la universidad! Querías cambiar el mundo. Darles a los niños cariño, contención, otra forma de aprender…
—Y eso me estaba matando —dije en voz baja—. Literalmente.
Una lágrima asomó tímida por el borde del ojo, negándose a despegarse del maquillaje. Ella me miró con ternura, sin apuro.
—Además… —agregué— hay más cosas que también me desgastaron. Sin apoyo, con sueldos miserables, condiciones horribles. Apoderados faltos de respeto, un ambiente de mierda. Amo a los niños… pero no es suficiente para quedarme ahí.
Suspiré. Lento. Hondo. Como quien suelta una piedra desde el pecho.
—Y ahora tengo a mi hija. Mi familia. Si hubiera muerto entonces… ¿crees que me habría recordado cuando sea adulta? Es tan chiquitita…
La voz se me quebró. Ella alargó la mano y me tomó el brazo con suavidad.
—Si hubieses muerto, yo me habría hecho cargo de ti, querida. Pero tienes razón. Tu pequeña, tu marido, tus amigos… todos te habrían extrañado más de lo que te imaginas.
Miré el fondo oscuro de mi café como si fuera un pozo. Como si ahí pudiera ver la versión de mi vida donde no había llegado a esta mesa. Donde no había sobrevivido.
—Igual te digo algo —añadió, enderezándose—: hubiera protestado si te ponían ese polerón viejo en el ataúd. Esa ropa haraposa que te negabas a sacar… imperdonable.
Solté una risa breve, agradecida.
—Qué bueno que me siento mejor.
—Querida, estás mejor —dijo, abriendo los brazos—. ¡Mírate! Toda glamorosa. El maquillaje, la ropa…
—El sueldo también ayuda, no te creas.
—¡Pero va más allá! Ya no compras lo que puedes, compras lo que quieres. Ya no te escondes. Eres tú. Y eso se nota: en los ojos, en la piel, en cómo entras a una habitación. ¡Brillas!
Sonreí, sintiendo ese orgullo leve, tranquilo.
—La depresión es una mierda —dije, apretando las palabras con los dientes—. Te nubla, te aprieta el pecho, te hunde. Es como caminar entre la niebla: no ves, no avanzas. Solo estás perdida. Y el corazón va rápido, pero tú no vas a ninguna parte. No dormía. No comía. No quería ver a nadie.
—La depresión es una enfermedad, querida. Y la enfrentaste. Con todas las letras. ¿Sigues con tu tratamiento?
—Se me acabó la última caja hace un par de semanas, pero ya pedí hora con el psiquiatra.
—¿Y cómo te has sentido?
Pensé un momento antes de responder.
—Libre. Por primera vez, realmente libre.
Ella sonrió, satisfecha.
—Se nota. Eres como una mariposa saliendo de su pupa. Lista para volar. Regia.
Hizo un gesto teatral y lanzó un puñado de glitter al aire, como confeti de cumpleaños. Reí a carcajadas. Su forma de estar en el mundo, tan excéntrica, tan brillante.
—Siempre tan elegante y exagerada. Me encanta.
—¡Por supuesto! Hoy celebramos la vida. Mira todas las cosas que han pasado desde la última vez que nos vimos. Ese día vine con mi traje de trabajo… menos mal que no nos fuimos, ¿ah?
Me quedé en silencio.
Sí. Un año. Un año desde el fondo. Desde el día más oscuro. Y ahora estaba aquí. Con torta, café, una amiga excéntrica… y algo parecido a la esperanza.
La pantalla de su teléfono brilló. Lo tomó con cierto desgano, como si supiera lo que venía. Al leer la notificación, suspiró con fastidio.
—¿Pasó algo?
—Sí, me llaman a trabajar. Lo siento, querida… pero tendré que retirarme.
Se levantó de la mesa y caminó hacia la puerta. Tomó la guadaña que había dejado apoyada junto al perchero y, con un gesto suave, su abrigo peludo se transformó en su habitual bata negra.
Le abrí la puerta sin decir nada. Nos abrazamos fuerte, de esos abrazos que sincronizan los latidos, que anclan el cuerpo a la vida. Me sentí, por un momento, parte de algo más grande.
—Me encantaría quedarme a seguir conversando, pero la gente tiene la mala costumbre de morirse —dijo con una sonrisa melancólica.
Nos separamos. Me quedé en el marco de la puerta, recostada, mientras ella se alejaba por la vereda como si fuera una pasarela. El contraste entre su andar glamoroso y la bata negra ondeando con el viento me hizo sonreír.
—¿Un recado para tus abuelos?
—Sí. Diles que los amo. Y a mi perro... pregúntale si se pondrá celoso si adopto un gato.
Ella soltó una risa que parecía un suspiro.
—Se va a poner celoso, no tengo ni que preguntar. ¡Chao, querida! ¡Feliz primer año del resto de tu vida!
Desde sus bolsillos sacó más brillantina, cotillón y serpentinas, y los lanzó al aire como si fuera Carnaval. Hasta hizo tronar un matasuegras. Esa alegría suya… era contagiosa.
Se alejó bailando, moviendo las caderas como modelo de pasarela, con la guadaña al hombro y el viento haciéndole reverencias.
Como siempre. Como quien se lleva algo, pero deja algo mejor.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario