La Muñeca Perfecta

 Esa mañana fue distinta, aunque no encuentro la palabra exacta para explicarlo. La llamada me llegó sin previo aviso. El sonido de la voz al otro lado, las palabras que flotaron en el aire, me dejaron inmóvil. Algo se rompió dentro de mí, pero no supe qué, ni cómo. Todo se desbordó, como un río que no sabe por dónde empezar. Lloré, grité, pero el ruido de mi garganta parecía ajeno, lejano, como si proviniera de otro lugar.

Cuando al fin logré calmarme, comencé a reunir mis pensamientos. Sabía lo que tenía que hacer: verla. Necesitaba verla. La urgencia de correr hacia allí, de hacerlo al instante, se apoderó de mi cuerpo. Una fuerza extraña, como si mis pies estuvieran siendo guiados por algo más, algo más allá de mí. No habría otra oportunidad. Llamé al trabajo, mi voz parecía pesar más de lo normal, como si cada palabra estuviera atascada en la garganta. Pedí permiso para ausentarme al día siguiente, y después de una breve resistencia, me dieron su autorización. No me importó, realmente. No me importaba su respuesta, solo quería ir. Solo quería verla.

¿Qué me pongo? No es una pregunta sencilla. Es una ocasión especial, un momento cargado de tantas expectativas, y veré a gente que no he visto en años: familiares, amigos, conocidos. La ropa que elija tiene que decir algo, tiene que estar a la altura, pero sin caer en lo exagerado. No quiero parecer demasiado simple, eso sería como un desaire, una falta de respeto. Pero tampoco quiero que todo parezca demasiado. ¿Cómo encontrar ese equilibrio tan sutil? Tal vez este pantalón, con estos zapatos planos, sea una opción segura. Estaré de pie, entre la multitud, las largas filas, las miradas. No habrá tiempo para mucho más que estar ahí, a veces sin poder ni beber agua, ni siquiera comer algo. Tal vez debería llevar algo en la cartera, algún bocadillo pequeño, algo que calme un poco esa sensación de vacío. Y el frío... ese frío que ya empieza a calar, me obliga a pensar en un abrigo grueso, que sea cómodo, que me cubra sin incomodarme. Sé que recibiré abrazos, y, por alguna razón, siento que el perfume debe ser algo delicado, suave. Un olor que se quede en el aire sin apurar, sin ser invasivo, solo algo que me acompañe sutilmente.

El viaje al lugar se me hizo interminable. Mi cabeza era un torbellino, un caos de pensamientos y emociones que pasaban fugazmente, atropellándose unas a otras, sin dejarme espacio para respirar. No entiendo cómo no me pasé un semáforo en rojo; sentía como si cada centella de atención que le daba al camino fuera una lucha constante conmigo misma, una batalla silenciosa en la que me exigía estar presente, alerta. Mi cuerpo estaba allí, pero mi mente estaba en otro sitio, corriendo, escapando. Seguramente, hasta los perros callejeros me lanzaron uno que otro ladrido, como si también percibieran mi distracción, mi imprudencia.

Finalmente llegué, aunque, por los nervios, me apresuré demasiado. Aún no había llegado nadie. El lugar estaba vacío, en silencio absoluto. Solo se oían el eco de mis pasos y mi respiración, que no conseguía calmarse. El piso de cerámica brillaba, tan pulido, que me hizo dudar si debía pisarlo o no. El miedo a ensuciarlo, a dejar sobre él la tierra y el polvo de la calle, me daba la sensación de que podría perturbar algo, de que podría romper la quietud sagrada de ese espacio. Avancé con cautela, como si no quisiera perturbar nada más. Y entonces, al fondo, la vi. La caja, finalmente. Estaba allí, rodeada de flores frescas y listones que brillaban con la luz suave que entraba por la ventana. La luz la bañaba, creando una atmósfera mágica, solemne, como si estuviera dentro de una escena sacada de un cuento. 

Me acerqué lentamente, casi con cautela, y entonces pude percatarme de los pequeños detalles: la ropa, la piel. Lo primero que llamó mi atención, sin poder evitarlo, fue su expresión. Sus ojos, cerrados con una serenidad inquietante, y el maquillaje que los rodeaba, tan delicadamente aplicado. El delineado, tan preciso, tan perfecto. Los colores en sus párpados se fusionaban con suavidad, como si hubieran sido pintados con esmero. Sus labios, cerrados con una suavidad inexplicable, estaban adornados con un bermellón profundo y brillante, como si aún mantuvieran algo de vida en ellos. Su rostro era tan pulido, tan elaborado, que parecía una estrella de Hollywood. ¡Mis felicitaciones al artista que logró tal perfección!

Mis ojos, después de unos segundos, se deslizaban hacia su ropa. Era como si mi mirada pudiera proyectar mis manos sobre la tela, imaginando la textura en cada prenda. El chaleco, los botones de su blusa, todos esos pequeños detalles que se sentían casi al alcance de mis dedos, pero que no podía tocar. La caja estaba sellada, y con cada mirada, me recordaba que el contacto era imposible. Las arrugas en su ropa parecían estar fijas, inmóviles, como si el tiempo hubiera decidido dejarlas allí, congeladas para siempre, retenidas en un instante que no pasaría.

Un torrente de desesperación me invadió. Mis ojos no podían evitar detenerse en los más mínimos detalles: cada hebra de su cabello, el suave curveo de sus pestañas, hasta las pecas delicadas sobre sus mejillas. Mientras absorbía cada pequeño trazo de su ser, sentí nuevamente la presión en mi garganta, como si una rana invisible escalara lenta y pesada por mi interior. Mis ojos se aguaron, y entonces, sin previo aviso, un llanto amargo y desgarrador explotó desde lo más profundo de mi pecho. Me dejé caer, casi sin fuerza, sobre la caja, mi cuerpo colapsando sobre el frío y la firmeza de la madera. Ni siquiera la más leve brisa se atrevió a acariciar mi cabello en busca de consuelo. Todo lo que pude sentir fue la fragmentación de mi corazón, desmoronándose en mil pedazos. Finalmente, la tenía frente a mí, pero no podía tenerla. ¡¿Por qué la vida me dio esto?! ¡¿Por qué ahora?! ¿No pudo esperar unos años más?

Me lancé a maldecir al destino, a la suerte que me había abandonado, al tiempo que cruelmente me había arrebatado este instante, justo ahora. Lo detesté con toda mi fuerza. Maldije a Dios, a la Virgen y a todo lo que pudiera tener un vestigio de santidad. Mi mente se dividió en dos: por un lado, la razón, que me susurraba en un tono frío: "ya era hora", y, por el otro, mi corazón, que ardía con el fuego de una tristeza insoportable. Una y otra vez mi mente intentaba darme razones, justificando lo injustificable, pero cada vez que lo hacía, mi corazón se rompía un poco más. Entonces, recordé un sueño reciente, una noche en la que la vi, la abracé, y pude oler su perfume, ese aroma que me llenaba de calma. Traté de aferrarme a ese recuerdo tan vívido, pero, al instante, mi sentido del olfato me recriminó. No había perfume, solo vacío. No quedaba más que el eco de ese sueño, como un rastro difuso que se desvanecía entre mis dedos.

Cuando logré contenerme, las palabras finalmente fluyeron, aunque las sentía pesadas y quebradas, como si costara sacarlas de lo más profundo de mi pecho.

—Adiós, Myriam. Te amaré siempre.

Dejé un ramo de flores, que había comprado en la entrada de la iglesia, sobre su ataúd. Las flores, con sus colores vivos y su fragancia fresca, parecían un contraste extraño con el silencio que se había instalado en el aire. Me senté en un rincón cercano y tomé las fotos de mi infancia, las que ella había guardado con tanto cariño, y me perdí en ellas. Era como si aún pudiera escuchar su risa en esos momentos, como si en cada imagen su figura tomara vida por un segundo más.


Me quedé ahí, en ese rincón sombrío y callado, hasta que la tarde fue desvaneciéndose en la oscuridad, como si el tiempo mismo se hubiera detenido en mi soledad.


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