Colores

    En el principio, cuando el mundo era un lienzo en blanco, Dios se sentó en su taller celestial. Todo era puro, inmaculado. Las paredes resplandecían de un blanco absoluto, el suelo reflejaba la luz como si fuera de mármol pulido, y cada objeto estaba dispuesto con una precisión milimétrica. Los pinceles, alineados según su tamaño, se dividían con esmero entre los de pelo de marta y los de camello. Las paletas eran impecables, cada color separado con una nitidez inalterable, sin una sola mezcla fuera de lugar. Incluso las pequeñas manchas de pintura en su túnica estaban perfectamente distribuidas, formando patrones que parecían haber sido colocados allí con intención.

Dios era un artista meticuloso, pero también un científico de la creación. Observaba cada pincelada con ojos críticos, midiendo proporciones, calculando la armonía exacta entre las montañas y los valles, entre el cielo y los océanos. Su cabellera rizada parecía contener y hornear cada decisión antes de ejecutarla. 

—Vamos a tomar una decisión aquí —murmuraba para sí, inclinando la cabeza mientras analizaba la composición. 

Tomaba su regla dorada, su calculadora, y repetía los cálculos una y otra vez, asegurándose de que no hubiera cabida a errores. Su frente se perlaba de manera geométrica, sumándose a la perfección matemática del atelier.

Su taller celestial estaba lleno de arcángeles y querubines, que observaban con asombro y, a veces, susurraban sugerencias tímidas. Cada uno perfectamente alineado al lado del otro, con sus alas precisamente plegadas a sus espaldas y las plumas de un albo resplandeciente y en orden.

Uno a uno, Dios fue colocando los colores en su obra, sumido en una concentración cósmica. El azul profundo del cielo, con su justa cantidad de luces estelares. El verde de los bosques, mezclado con destellos dorados del sol. Cada color era perfectamente medido en su croma, su saturación, su luminosidad. El pincel era seleccionado después de cumplir con todos los requisitos que Dios exigía. Todo debía ser perfecto no solo en el resultado final, sino también en su ejecución. Nada debía quedar fuera de lugar.

—Recuerden —dijo dirigiéndose a sus arcángeles, que lo observaban expectantes—, todos necesitamos un amigo. Hasta los árboles tienen a sus pequeños compañeros arbustos —comentó con una sonrisa mientras añadía detalles a su creación.

Cada trazo era intencionado, cada color tenía su lugar exacto en la geometría perfecta del universo. Los arcángeles y querubines miraban la obra y susurraban a sus espaldas, comentando juguetonamente, contemplando la hermosura de la obra. La observaban impacientes, porque sabían que al estar terminada sería suya también y podrían jugar con ella.

Cuando llegó el momento de crear a los humanos, Dios tomó su paleta con especial concentración. Preparó dos colores principales: un tono firme y profundo que llamó "hombre" y un matiz cálido y delicado que llamó "mujer". Los observó y admiró por un segundo detenidamente, fantaseando cómo se verían ya en el lienzo. Se volvió lentamente hacia su obra maestra, que lo esperaba pacientemente para ser terminada. La miró con detenimiento, pensando en dónde colocar estos colores. ¿Sería mejor en el centro del lienzo o distribuidos por todas partes? No sabía cómo empezar.

Los arcángeles, ansiosos por la falta de acción, comenzaron a balbucear.

—Señor, ¿y si los coloca al lado de las montañas? —sugirió uno tímidamente.

—No, es mejor en los valles. En las cumbres pasarán frío —desestimó otro con discreción.

—Podría colocarlos en los árboles, para que estén protegidos y frescos —se escuchó al fondo.

—Pero con todos esos dones, pueden construir su propio refugio —alegó alguien más.

Dios perdió la concentración de su cálculo y se giró en sus talones, mirando cálidamente a sus arcángeles y querubines.

—Hijos míos —comenzó—, por favor, estoy trabajando en algo muy importante. Necesito que mantengan silencio.

Pero la súplica solo calló las voces, no las mentes juguetonas de los jóvenes ángeles. Se miraron entre sí con una sonrisa ahogada y ojos traviesos. Como un acuerdo tácito, se acercaron lenta y sigilosamente hacia los pinceles de Dios.

Dios, aún con los colores intactos en la paleta que reposaba a su lado, seguía meditando sobre cómo colocar los colores "hombre" y "mujer" en su lienzo. De pronto, los querubines saltaron sobre él, cada uno con un pincel diferente, acercándose peligrosamente al lienzo con sus pigmentos frescos. Temiendo lo peor, Dios intentó alejarlos con las manos y redirigirlos, pero sus intentos fueron en vano. Los traviesos pequeños se arremolinaban alrededor del lienzo, deseosos de aportar a la creación.

Las voces se superpusieron en un murmullo desordenado. Querubines revoloteaban inquietos, agitando sus alas, hasta que uno de ellos, sin darse cuenta, golpeó la mesa con todos los pinceles, solventes y la paleta de colores. Dios extendió la mano para detener el caos, pero en el apuro tropezó con un frasco de diluyente. En un instante, la mesa se volcó y su taller se convirtió en un torbellino de color. Pinceles rodaron por el suelo, los solventes se esparcieron como ríos centelleantes y, lo peor de todo, los colores "hombre" y "mujer" se deslizaron por la paleta, mezclándose en un torbellino inesperado.

Dios cayó de rodillas, jadeante, mientras contemplaba la escena ante Él. Su pulso latía con fuerza. La geometría perfecta, su orden minucioso, estaba manchado por un accidente caótico. Durante un largo instante, nadie se movió. Los arcángeles permanecieron en vilo, los querubines contuvieron la respiración y soltaron cualquier pincel que aún tuvieran en las manos. El universo mismo pareció detenerse.

Con manos temblorosas, Dios tomó un pincel y tocó la paleta. Contempló la mezcla de sus colores más nuevos, el hombre y la mujer, ahora fusionados de manera irreparable. Observó los tonos vibrantes que desafiaban su planificación inicial. Frunció el ceño, su mente analítica buscando el error. Pero cuando alzó la vista, comprendió: su obra no estaba arruinada. Estaba... completa.

—Miren esto... un pequeño accidente feliz —susurró, su voz teñida de asombro.

Los colores danzaban ante sus ojos, mezclándose con una naturalidad que Él mismo no había previsto.

Lentamente, dejó escapar una risa baja, casi incrédula.

—Quizás la perfección no es solo simetría... sino también armonía en la diversidad —concluyó.

Tomó su pincel con decisión y llevó la nueva mezcla al lienzo. No para ocultarla. No para corregirla. Tampoco para eliminarla. Sino para integrarla, para darle su espacio dentro del gran diseño.

Los colores se expandieron, fluyendo por la creación como un río de posibilidades infinitas. Dios, con su brocha en alto, exhaló profundamente y sonrió.

—Sabes, este mundo necesitaba un poco más de alegría. Y creo que esto quedó bastante bien —dijo al dar la última pincelada.

Y así fue. Y así será por siempre.


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