Hasta Mañana




        Al encender la luz de la habitación, Jimena se encandiló por un segundo. Ya estaba oscureciendo, y mañana había que levantarse temprano para reunirse con el abogado y firmar los papeles del divorcio. Recorrió con la mirada su habitación, preguntándose cómo se sentiría mañana, a esa misma hora. Suspiró, rendida ante la idea, y entró con los pies pesados, casi arrastrándolos. Se sentó en la cama, dejando que el peso del día —y de los años— cayera con ella. Esta era su última noche en casa con Gonzalo, su marido durante veinticinco años. Nunca pensó que este día llegaría, pero sabía que era lo correcto.

Estaba sumida en sus pensamientos cuando Gonzalo entró con las mismas intenciones: cerrar el día, y cerrar también una etapa. Sus miradas se cruzaron, y un leve estremecimiento les recorrió la espalda. Había tristeza en sus ojos, pero también una aceptación serena. Lo suyo se había marchitado hacía tiempo. Más que pareja, llevaban años siendo compañeros de piso.

—Entonces —comenzó Gonzalo, con voz cautelosa—, ¿mañana nos encontramos allá con los abogados?

—Sí. A las ocho y media. Lleva el carné de identidad, por favor. No se te vaya a quedar encima del velador.

Gonzalo bajó la mirada. Una lágrima tibia se acumuló en su párpado, resistiéndose. Ella siempre le recordaba esas cosas pequeñas pero importantes. A partir de mañana, eso también se terminaría.

Ambos habían soñado con envejecer juntos. Lo imaginaban lleno de amor y compañerismo. Y en cierto modo, así fue. Criaron a sus hijos con entrega, fueron un gran equipo mientras la casa estaba llena de risas y deberes escolares. Pero la crianza, el trabajo y la rutina fueron erosionando el vínculo. Con el nido vacío, lo que quedaba era silencio.

Jimena se levantó y comenzó a desvestirse. Gonzalo la miró por el rabillo del ojo. No había lujuria, sólo admiración y nostalgia. En su espalda, una cicatriz pálida recordaba el accidente en auto de hace una década.

—Ese día pensé que te me morías —dijo él, sin dejar de mirarla.

Jimena lo observó, mientras se quitaba el sostén. Sus ojos se posaron en una marca en el rostro de Gonzalo. Una leve sonrisa se le escapó.

—¿Te acuerdas cuando jugabas con el Tomás y el Martín en el living? Ponías los cojines y decías que eras un monstruo del océano…

—Sí —respondió él, tocándose la cicatriz en el pómulo—. Y el Tomás me enterró la espada de juguete acá. Cabro de porquería, lloró como tres días porque pensó que iba a retarlo.

—Es que sangraste mucho. Se asustó.

Ella se quitó la ropa interior. Gonzalo bajó la vista y vio la cicatriz blanca, esa línea curva que separaba su vientre abultado del pubis. Era la huella de la cesárea, una sonrisa perpetua entre sus rollitos.

—¿Recuerdas de ese día? —resopló Gonzalo—. No sé cómo llegué tan rápido a la clínica cuando nació el Martín.

—O cuando nació el Tomás, que rompí fuente a las tres de la mañana.

Se quedaron en silencio, los ojos perdidos en la nada. Todos esos años juntos se deslizaban por la habitación como una brisa antigua. Mañana sería el inicio de una vida nueva, sin el otro. Habían acordado vender la casa, dividir los muebles, cerrar este capítulo con dignidad. Y, sin embargo, ahora que el momento había llegado, todo sabía a pérdida.

Una emoción subió desde el pecho de Jimena hasta la garganta. Gonzalo, como si lo sintiera, se incorporó y la abrazó. Ella se dejó envolver por ese cuerpo que conocía de memoria. Su respiración, agitada por el llanto, fue bajando al ritmo del balanceo suave que él le ofrecía, como cuando acunaba a los niños hace tantos años. Sus cuerpos semidesnudos se refugiaban, no con deseo, sino con ternura.

Gonzalo apoyó la cabeza en el cabello de Jimena y aspiró profundamente. No era el champú ni el perfume. Era ella. Su olor. Un aroma que lo había acompañado tantos años y que ahora quería guardar para siempre. Jimena, en cambio, sentía el latido firme de él, un tambor viejo pero constante. Y aunque todo era un poco patético, se sentía en paz. El pecho de Gonzalo, ya más canoso que velludo, seguía siendo su lugar seguro.

Cuando las emociones se aquietaron, alzaron la vista y se miraron. No dijeron nada, pero sus ojos hablaban con claridad: “ya, acostémonos, que se hace tarde”. Sin embargo, no se movieron. Se quedaron ahí, fijos en la mirada del otro. El marco de sus rostros había cambiado, sí: más arrugas, más manchas, más tiempo vivido. Pero los ojos… esos eran los mismos.

Se acercaron, primero tímidamente, luego sin dudar. Se besaron. No como dos personas que se dicen adiós, sino como quienes alguna vez se encontraron por primera vez. El beso era profundo, con una dulzura húmeda que los fue encendiendo por dentro. Se tocaron con cuidado, como si redescubrieran la piel que habían olvidado. Cayeron sobre la cama. Se desvistieron del todo, sin apuros, sin pudor. Había canas, arrugas, kilos de más. Y no importaba.

Hicieron el amor como si el mundo se fuera a acabar. No con urgencia, sino con devoción. Como si el universo se abriera entre ellos para dejarles un último regalo. Se reconocieron piel con piel, al ritmo de sus cuerpos y suspiros. Se nombraron en voz alta, con una alegría desesperada, como si con cada gemido tejieran de nuevo lo que se había roto.

El orgasmo llegó como una ola compartida, una liberación brillante y serena. Al recostarse, se miraron de nuevo, distintos. Había algo nuevo en el otro, difícil de nombrar. Y les gustó.

Rieron, se abrazaron, se miraron como al principio.

—¿Y mañana… qué le vamos a decir al abogado?

—Que puede usar los papeles para limpiarse en el baño. No me voy de aquí.

—Yo tampoco.

Se quedaron un momento en silencio, respirando en el pecho del otro, como si se hubieran vuelto a encontrar después de haberse perdido en una ciudad enorme. Luego, Gonzalo rompió el silencio con una seriedad fingida:

—Pero si vamos a seguir juntos, tenemos que poner nuevas reglas.

—¿Qué reglas? —preguntó Jimena, alzando una ceja.

—Primero, no más series sin el otro. Lo de ver Stranger Things sin mí fue traición.

—Eso fue hace tres años y te quedabas dormido a los diez minutos.

—Igual dolió.

Jimena sonrió.

—Ya, mi regla: vas a aprender a cocinar. Si me vuelves a servir arroz con huevo, me divorcio de verdad.

—Oye, eso es violencia psicológica.

—No. Es amor propio.

Ambos rieron fuerte, como hacía tiempo no lo hacían. Se abrazaron de nuevo y Gonzalo le dio un beso largo en la frente y un apretón en una de las nalgas.

—¿Y si mañana, después de anular la reunión con los abogados, nos vamos a alguna parte? No sé... Valparaíso. O la cordillera. Donde sea.

—Sí —respondió ella, acariciándole la cara—. Pero tú manejas. Yo me voy a ir durmiendo con la cabeza en la ventana, como siempre.

—Trato hecho. Pero yo elijo la música. Nada de tus playlists de “llanto instrumental para tarde lluviosa”.

—Entonces llévate audífonos.

Se sonrieron. Gonzalo la miró con ternura y dijo, bajito:

—Idiota.

Jimena le devolvió la sonrisa, con los ojos brillosos:

—Sí, pero tu idiota. Y con apellido.

Afuera, la noche seguía su curso. Adentro, la vida también.


Comentarios