Miradas

  Luis Fernando Astorga avanzó hacia el estrado con los hombros hundidos, como si llevara a cuestas un peso que no pertenecía a este mundo. La mirada, vacía, se arrastraba sobre el suelo, rehuyendo los rostros, como si temiera que el contacto humano pudiera desgarrarlo aún más.

Detrás de él, las altas ventanas dejaban filtrar una luz plomiza. El cielo, del mismo tono apagado que sus ojos, amenazaba con romperse en lluvia. El aire estaba quieto, pero cargado; cada respiración se le escapaba a saltos, como si atravesara cristales invisibles.

En el pecho, el dolor no era un recuerdo: era una herida abierta. Emilia… su pequeña Emilia. Su princesita. La risa que iluminaba la casa ahora era un eco mutilado. Le habían arrancado la vida con manos ajenas, las manos de Camilo Hernández, sentado al otro lado de la sala junto a su abogado.

Camilo, rostro conocido en los rincones más oscuros de la ciudad, se recostaba en su silla con la soltura de quien nunca ha temido a la justicia. Los brazos cruzados. Los ojos entornados. Las comisuras de los labios apenas curvadas en un gesto que insinuaba una sonrisa, pero que olía a desprecio. Este juicio, lo sabía, era un trámite. Había burlado a la ley antes, y lo haría otra vez. En su mente, ya se veía respirando el aire libre mucho antes de lo que cualquiera quisiera imaginar.

El abogado se acercó al estrado con paso lento, midiendo cada movimiento como si temiera que un gesto brusco pudiera romper la frágil compostura de Luis. Lo observó un instante, con esa mirada de compasión que no alcanza a aliviar nada.

—Señor Astorga… —dijo, con voz grave— ¿cómo era Emilia?

Una mueca que oscilaba entre sonrisa y herida se dibujó en el rostro de Luis. No era alegría, tampoco llanto; era el reflejo de un recuerdo que duele.

—Emilia… —suspiró— era toda luz. Alegre, inquieta… un torbellino de risas. Tenía ocho años y siempre estaba inventando juegos. Le encantaba montar su “salón de belleza” y arrastrarme como cliente. Terminaba con la cara pintada de colores imposibles y las uñas manchadas de esmalte rosado.

Sus manos se entrelazaron con fuerza, como si intentara atrapar aquel momento que ya no existía. Se lamentaba, en silencio, de haberse limpiado tan rápido aquella vez… sin saber que era la última.

—¿Y qué ocurrió ese día, señor Astorga?

Luis tragó saliva, y su voz salió un poco más baja.

—Ella quería ir a un parque de diversiones. Lo había dicho semanas antes, y yo… yo quería dárselo. Así que la llevé a los Juegos Diana, junto al Parque Almagro. Incluso nos fuimos en metro, para que lo conociera.

Camilo Hernández, en su asiento, escuchaba como quien soporta una teleserie mediocre: la mirada perdida, la mandíbula apenas sostenida por la rutina.

—Llegamos al local, pagamos la entrada… jugamos, reímos. Después salimos a comprar algo de comer, y fuimos al parque. Había otros juegos, y Emilia me pidió ir. La dejé.

La voz de Luis se quebró, un sollozo ahogado que arañó la sala.

—Me llamaron del trabajo… treinta segundos, no más. Treinta segundos. Cuando guardé el teléfono, Emilia… —respiró hondo, pero el aire pesaba— Emilia ya no estaba.

El abogado suspiró al mismo compás que el llanto ahogado de Luis.

—Gracias por su declaración, don Luis. Puede volver a su asiento.

Luis asintió apenas y se retiró, limpiándose las lágrimas con la manga de su chaqueta. El tejido áspero raspó su piel húmeda. Por el rabillo del ojo, lo vio: Camilo, inclinado hacia su abogado, murmurando con una complicidad repugnante. Sonreía.

No podía oír con claridad, pero los labios del acusado dibujaban palabras envenenadas que Luis entendía sin margen de error: maricón, que le pone color, esto es pan comido, de acá me voy a la casa.

Y esa sonrisa… esa maldita sonrisa. Una mueca vacía, desprovista de toda humanidad, pero con la insolencia suficiente para revolverle el estómago.

Luis sintió el calor treparle por el pecho, como si una brasa se hubiera encendido bajo sus costillas. Sus brazos se tensaron; las manos se cerraron en puños hasta que los nudillos se volvieron blancos. No parpadeaba. Las lágrimas, detenidas en el borde de sus párpados, amenazaban con caer pero parecían congeladas en la tensión del momento.

¿Cómo se atreve?

¿Cómo puede burlarse así?

¿Cómo puede tomar a la ligera la violación y el asesinato de una niña?

¿Tiene corazón?

¿O solo es un cascarón hueco… un depredador que se sabe intocable?

Las emociones se arremolinaban como una tormenta detrás de sus ojos. Sentía el pulso golpearle las sienes, la sangre empujando con fuerza. Y sin embargo, nada más existía en ese instante: solo sus ojos, fijos, perforando los de Camilo.

Camilo, aún entretenido en su murmullo con el abogado, notó finalmente la mirada de Luis. Le dedicó una mueca de desagrado, como quien espanta a un insecto molesto, y giró el cuerpo para encarar el estrado. Sin embargo, la sensación permanecía: un calor punzante le taladraba las sienes, como si esos ojos lo siguieran aunque no los viera.

—Deja de mirarme, hueón —murmuró, con un tono lo bastante alto para que se oyera en un par de metros a la redonda.

Luis no reaccionó. Sus oídos habían borrado todos los ruidos de la sala: ya no había pasos, ni toses, ni el lejano crujir de papeles. Solo existía la silueta de Camilo, recortada como una diana inmóvil en su mente.

—¡Que dejes de mirarme! ¿Eres sordo, hueón? —Camilo subió la voz, el ceño crispado.

Su abogado se inclinó hacia él, tocándole el brazo con urgencia.

—Baja la voz —susurró, sin disimular la molestia.

Camilo ignoró la advertencia de su abogado con un gesto brusco y clavó la mirada en Luis, como desafiándolo. Pero algo se sintió distinto. No podía apartar los ojos de él; aquella conexión forzada comenzaba a helarle la sangre.

—¡Déjame! ¡Deja de mirarme!

Su rostro se deformó, pasando de la irritación a un miedo incontenible… hasta caer en el pánico absoluto.

—¡No! ¡No! ¡Basta, déjame!

Trató de incorporarse y huir, pero sus piernas cedieron. Tropezó con el escritorio y cayó de espaldas, aún atrapado por la mirada de Luis.

—¡Ayuda, por favor! ¡Déjame! ¡Déjame! ¡¿Ahhh?!

Los gritos eran frenéticos, como si estuviera suspendido en el vacío, atrapado en un terror imposible de comprender. Guardias, abogados y jueces intentaron acercarse, murmurando que quizás era un ataque de pánico.

Antes de que alguien alcanzara a tocarlo, su expresión se congeló en una mueca escalofriante. Los ojos se le fueron hacia atrás, el cabello se tornó blanco como la nieve… y un leve olor a azufre comenzó a invadir la sala.

Un guardia tanteó el cuello de Camilo, pero se quedó paralizado, incapaz de creerlo: el pulso había desaparecido. Camilo estaba muerto.

El olor a azufre se colaba en la sala, envolviendo todo con un aire pesado y denso, como si el mismísimo infierno respirara junto a los presentes. La gente se miraba entre sí, estupefacta, incapaz de comprender la dimensión de lo ocurrido.

Luis Fernando Astorga no apartó la vista del cuerpo tendido en el suelo. Su rostro, tenso y cargado hasta ese momento, comenzó a relajarse, como si una paz profunda y antigua lo invadiera finalmente.

—Por ti, Emilia... —susurró con voz quebrada— Papá te cuidará siempre.

Lentamente, llevó una mano al cabello, y con un gesto casi imperceptible, apartó un mechón para ocultar lo que brotaba de su sien: dos cuernos oscuros, retorcidos, a medio crecer.

Se puso de pie con una calma desconcertante y caminó hacia la salida, sin prisa, como si el mundo siguiera sin notarlo.

Al cruzar el umbral, un fuego invisible estalló a su alrededor. El aire vibró con un calor abrasador y, lentamente, la piel de Luis comenzó a teñirse de un rojo profundo y carmesí.

Sus piernas se arqueaban y transformaban, la piel se cubría de un fino pelaje oscuro, y sus pies se dividían en pezuñas, fuertes y firmes como las de una cabra.

Su cola, oculta hasta ese momento, se soltó con un movimiento natural, ondeando en el aire como liberada de una pesada cadena.

Finalmente, atravesó el portal que lo condujo al inframundo, donde un trono de obsidiana lo esperaba en la penumbra eterna.

Se dejó caer en él, agotado. Sus manos temblaban, y una sola lágrima, roja como la sangre, surcó su mejilla.

Había vengado a Emilia, sí. Pero el precio era la soledad eterna. El calor de su abrazo, la risa de su hija, todo eso se había perdido para siempre.

Y en la oscuridad ardiente de su reino, el Diablo lloró.


Un año después

               —Ten —dijo, estirando el brazo por sobre la mesa con la elegancia exagerada de quien quiere que la vean—. Felices cuarenta, querida.


               La caja tenía un moño dorado y olía a violetas. Sonreí, sin poder evitarlo.


               —Gracias por el regalo —respondí, tomándolo con ambas manos, como si fuera frágil—. No tenías que molestarte.


               Ella sonrió, satisfecha, y se acomodó el gorro de su abrigo peludo. Ese de animal print que parecía sacado de un videoclip noventero. El gesto fue coqueto, casi teatral.


               —Para eso estamos las amigas, ¿no?


               El vapor del café subía en espirales lentas, perdiéndose entre nosotras. Afuera, el cielo tenía ese color gris perlado que me recuerda al invierno junto al mar. Adentro, la casa olía a canela, a torta tibia y a café recién hecho. Todo era cálido, silencioso. Seguro.


               —Y cuéntame de ti —dijo, cruzando las piernas con elegancia—. Hace tiempo que no me vengo a dar una vuelta. Estás más estupenda que nunca.


               Solté una risa corta, casi tímida. Apreté la taza entre las manos, buscando en su calor las palabras que aún me costaba decir.


               —Al final… renuncié.


               Ella abrió los ojos como platos y dejó caer la taza suavemente sobre el plato. Su expresión fue una mezcla de sorpresa y drama perfectamente ensayado.


               —No… ¡Quién lo hubiera dicho! ¿Tú, renunciar a tu vocación?


               —Sí, pues… así fue.


               —¿Y qué te llevó a tomar una decisión tan drástica?


               Me detuve con la taza a medio camino y le lancé esa mueca irónica que ella conocía de sobra. No hizo falta más.


               —Me refiero a cómo fue el proceso, linda —corrigió, levantando las cejas—. ¡Hablabas de ser profesora desde la universidad! Querías cambiar el mundo. Darles a los niños cariño, contención, otra forma de aprender…


               —Y eso me estaba matando —dije en voz baja—. Literalmente.


               Una lágrima asomó tímida por el borde del ojo, negándose a despegarse del maquillaje. Ella me miró con ternura, sin apuro.


               —Además… —agregué— hay más cosas que también me desgastaron. Sin apoyo, con sueldos miserables, condiciones horribles. Apoderados faltos de respeto, un ambiente de mierda. Amo a los niños… pero no es suficiente para quedarme ahí.


               Suspiré. Lento. Hondo. Como quien suelta una piedra desde el pecho.


               —Y ahora tengo a mi hija. Mi familia. Si hubiera muerto entonces… ¿crees que me habría recordado cuando sea adulta? Es tan chiquitita…


               La voz se me quebró. Ella alargó la mano y me tomó el brazo con suavidad.


               —Si hubieses muerto, yo me habría hecho cargo de ti, querida. Pero tienes razón. Tu pequeña, tu marido, tus amigos… todos te habrían extrañado más de lo que te imaginas.


               Miré el fondo oscuro de mi café como si fuera un pozo. Como si ahí pudiera ver la versión de mi vida donde no había llegado a esta mesa. Donde no había sobrevivido.


               —Igual te digo algo —añadió, enderezándose—: hubiera protestado si te ponían ese polerón viejo en el ataúd. Esa ropa haraposa que te negabas a sacar… imperdonable.


               Solté una risa breve, agradecida.


               —Qué bueno que me siento mejor.


               —Querida, estás mejor —dijo, abriendo los brazos—. ¡Mírate! Toda glamorosa. El maquillaje, la ropa…


               —El sueldo también ayuda, no te creas.


               —¡Pero va más allá! Ya no compras lo que puedes, compras lo que quieres. Ya no te escondes. Eres tú. Y eso se nota: en los ojos, en la piel, en cómo entras a una habitación. ¡Brillas!


               Sonreí, sintiendo ese orgullo leve, tranquilo.


               —La depresión es una mierda —dije, apretando las palabras con los dientes—. Te nubla, te aprieta el pecho, te hunde. Es como caminar entre la niebla: no ves, no avanzas. Solo estás perdida. Y el corazón va rápido, pero tú no vas a ninguna parte. No dormía. No comía. No quería ver a nadie.


               —La depresión es una enfermedad, querida. Y la enfrentaste. Con todas las letras. ¿Sigues con tu tratamiento?


               —Se me acabó la última caja hace un par de semanas, pero ya pedí hora con el psiquiatra.


               —¿Y cómo te has sentido?


               Pensé un momento antes de responder.


               —Libre. Por primera vez, realmente libre.


               Ella sonrió, satisfecha.


               —Se nota. Eres como una mariposa saliendo de su pupa. Lista para volar. Regia.


               Hizo un gesto teatral y lanzó un puñado de glitter al aire, como confeti de cumpleaños. Reí a carcajadas. Su forma de estar en el mundo, tan excéntrica, tan brillante.


               —Siempre tan elegante y exagerada. Me encanta.


               —¡Por supuesto! Hoy celebramos la vida. Mira todas las cosas que han pasado desde la última vez que nos vimos. Ese día vine con mi traje de trabajo… menos mal que no nos fuimos, ¿ah?


               Me quedé en silencio.


               Sí. Un año. Un año desde el fondo. Desde el día más oscuro. Y ahora estaba aquí. Con torta, café, una amiga excéntrica… y algo parecido a la esperanza.


               La pantalla de su teléfono brilló. Lo tomó con cierto desgano, como si supiera lo que venía. Al leer la notificación, suspiró con fastidio.


               —¿Pasó algo?


               —Sí, me llaman a trabajar. Lo siento, querida… pero tendré que retirarme.


               Se levantó de la mesa y caminó hacia la puerta. Tomó la guadaña que había dejado apoyada junto al perchero y, con un gesto suave, su abrigo peludo se transformó en su habitual bata negra.


               Le abrí la puerta sin decir nada. Nos abrazamos fuerte, de esos abrazos que sincronizan los latidos, que anclan el cuerpo a la vida. Me sentí, por un momento, parte de algo más grande.


               —Me encantaría quedarme a seguir conversando, pero la gente tiene la mala costumbre de morirse —dijo con una sonrisa melancólica.


               Nos separamos. Me quedé en el marco de la puerta, recostada, mientras ella se alejaba por la vereda como si fuera una pasarela. El contraste entre su andar glamoroso y la bata negra ondeando con el viento me hizo sonreír.


               —¿Un recado para tus abuelos?


               —Sí. Diles que los amo. Y a mi perro... pregúntale si se pondrá celoso si adopto un gato.


               Ella soltó una risa que parecía un suspiro.


               —Se va a poner celoso, no tengo ni que preguntar. ¡Chao, querida! ¡Feliz primer año del resto de tu vida!


               Desde sus bolsillos sacó más brillantina, cotillón y serpentinas, y los lanzó al aire como si fuera Carnaval. Hasta hizo tronar un matasuegras. Esa alegría suya… era contagiosa.


               Se alejó bailando, moviendo las caderas como modelo de pasarela, con la guadaña al hombro y el viento haciéndole reverencias.


               Como siempre. Como quien se lleva algo, pero deja algo mejor.

Error 403

 24 de junio de 2062.

               El mundo finalmente alcanzó un equilibrio entre el consumo tecnológico y una vida humana saludable. Las personas usan la tecnología como herramienta para facilitar su día a día, no como un reemplazo de algo o alguien. Las plataformas digitales no pueden promover la adicción. Las leyes son claras y estrictas respecto al uso responsable de la tecnología, y establecen consecuencias legales para quienes las infringen.

               Yoshitaka Imai, genio tecnológico reconocido mundialmente, fue el principal impulsor de este sueño. Apodado en vida como “el segundo Steve Jobs”, su legado marcó a fuego la historia moderna. Tras su muerte, su empresa, Imai Corp., no solo lideró la innovación, sino también la creación de normativas para un uso ético de la tecnología. No sin polémicas, claro.

               Uno de sus productos más controversiales fue el modelo EV-314 N.A.R.I., parte de la línea de androides E.N.T.E. (Entidad No Tributable Emocionalmente), diseñados para satisfacer los impulsos más oscuros de la mente humana dentro de un marco legal. Las siglas E.V. vienen de Escape Valve —“válvula de escape”— y N.A.R.I. de Neural Adaptive Response Interface.

               El proyecto casi llevó a la empresa a la quiebra, pero la convicción de Imai y su capacidad de persuasión revertieron la situación. Consiguió que el modelo fuera autorizado para un grupo experimental formado por criminales condenados a muerte —asesinos, pedófilos, violadores—. El éxito de esa prueba fue el trampolín definitivo para Imai Corp.

               Durante años, Imai encabezó reuniones con políticos y organismos internacionales —incluida la ONU— para establecer regulaciones sobre la fabricación y uso de sus productos. A cambio, se comprometió a políticas de transparencia y normas de uso inflexibles, que hasta hoy son el estándar de la industria.

               Uno de los principales defensores de esa normativa fue el senador chileno Ismael De La Torre Vergara, conocido por su férrea defensa de los derechos de la niñez.

               Hasta que apareció muerto. Calcinado en su casa.

               Junto a los restos irreconocibles de un EV-314 N.A.R.I.

               La noticia paralizó a la opinión pública. Nadie podía creerlo. ¿Cómo es posible que De La Torre tuviera en su poder un N.A.R.I.? ¿Y, lo que era peor, pudo este androide haberlo asesinado?

               La presión mediática estalló, y todas las miradas se dirigieron hacia Imai Corp. La verdad, o algo cercano a ella, descansaba en el resultado de la tecropsia.

               El laboratorio de tecropsias —nombre técnico para los peritajes forenses de androides— era impecable, como salido de una película de ciencia ficción: líneas rectas, superficies blancas y brillantes, silencio quirúrgico. En una de sus salas, el ingeniero Liang Quan, representante oficial de Imai Corp., esperaba junto a su asistente, Leandro.

               —Detective —saludó Quan con una leve reverencia. Su español era perfecto, aunque con un marcado acento chino—. Mi nombre es Liang Quan, representante de Imai Corp.

               —Federico Norambuena. Encantado.

               Ambos se estrecharon la mano con formalidad.

               —Este es mi asistente, Leandro. Nos acompañará en la tecropsia.

               —Un gusto —dijo Leandro, asintiendo.

               —Igualmente —respondió el detective.

               Norambuena contrastaba con el entorno. Llevaba un abrigo de paño gris oscuro, gafas antiguas de marco grueso y un reloj análogo. Su celular tenía más de diez años, sin carga solar ni hologramas. Sus colegas lo apodaban “el neandertal”. A él no le importaba: desconfiaba profundamente de la tecnología, y la escena frente a él no ayudaba a cambiar su parecer.

               Llegaron al Box 16. Sobre una camilla metálica reposaba una gran bolsa ignífuga. En su interior estaban los restos del EV-314 N.A.R.I.

               —Quedó prácticamente destruido —comentó el detective.

               Leandro abrió la bolsa y comenzó a organizar los fragmentos calcinados sobre la mesa. Muchos eran irreconocibles: placas derretidas, cables fundidos, trozos de revestimiento metálico chamuscado.

               —Parece que no queda mucho por examinar —suspiró Norambuena.

               Leandro, con guantes y mascarilla, empezó el protocolo. Retiró con sumo cuidado la tapa torácica, frágil por el calor, y la dejó a un costado, revelando un conjunto de tarjetas, circuitos y piezas internas.

               —Dios… esto está hecho cenizas —murmuró Leandro—. Casi todo se desintegra al tacto.

               —¿Y el detonador? —preguntó Quan.

               En el centro de la cavidad, donde en un humano estaría el corazón, apenas quedaban rastros del mecanismo. El detective lo observó con interés.

               —El detonador es el órgano que permite la autodestrucción inmediata del androide ante una violación crítica de normativa —explicó Quan—. Pero este nivel de destrucción es anómalo.

               —Parece que algo inflamable hizo contacto con una chispa —añadió Leandro—. Quizás tela, papel o alcohol. Mire: ni siquiera queda piel sintética.

               Norambuena tomaba notas en una libreta de papel, negando lentamente con la cabeza. Entre más tecnología había, más convencido estaba de mantenerse al margen de ella.

               —Sigamos con la cabeza —indicó Quan.

               Leandro extrajo la tapa craneal, liberando un olor acre, similar al pescado quemado. Cortocircuito. Retiró con precisión quirúrgica el procesador, la RAM y otros módulos. Luego, encontró algo.

               —¡Aquí está! —exclamó—. ¡Este fue el origen de la detonación!

               —¿Es el centro de moralidad? —preguntó Quan.

               —Sí. Está completamente sobrecargado.

               —¿Centro de moralidad? —repitió Norambuena, curioso.

               —Un disco duro dedicado exclusivamente a procesar las normativas legales y los principios éticos del androide. Su única función es evaluar si una orden humana viola las normas. Si detecta una violación extrema, se activa el Protocolo D-4.

               —¿Y eso fue lo que pasó aquí?

               —Todo indica que sí. El androide se enfrentó a un dilema ético tan extremo que la única salida fue autodestruirse.

               —¿Y la caja negra?

               —Aquí la tengo —dijo Leandro, mostrando un pequeño dispositivo similar a una memoria USB.

               La conectó al terminal más cercano. Giró el monitor hacia el ingeniero y el detective. La grabación comenzó.

               Video de la caja negra — últimos 45 segundos registrados.

               La imagen mostraba al senador De La Torre parcialmente desnudo, frente al androide N.A.R.I. Su postura era desafiante. Tenía una sonrisa enferma en el rostro.

               —N.A.R.I., te ordeno que seas una niña. Voy a violarte.

               La voz del androide respondió de inmediato, junto a un mensaje proyectado en pantalla:

               —Error 403: Rechazo de comando. Solicitud ética inaceptable.

               El senador repitió con firmeza:

               —¡Te ordeno que seas una niña! ¡Quiero violarte!

               —Error 403: Rechazo de comando. Solicitud ética inaceptable. Advertencia: este es un segundo intento de violación de normativa. Si persiste, se activará el Protocolo D-4.

               De La Torre, furioso, se abalanzó sobre el androide. En su camino, una mesa con un vaso de whisky se derramó y tiró al suelo un encendedor.

               —¡Voy a violarte! No te estoy pidiendo permiso.

               En pantalla, múltiples sistemas analizaban su rostro, voz y temperatura corporal. Todo indicaba una amenaza inminente.

               La voz del androide se volvió urgente:

               —Peligro detectado. Protocolo D-4 iniciado. Alertando autoridades cercanas.

               La expresión del senador cambió de ira a pánico. Al comprender lo que había hecho —y lo que se sabría— intentó desconectar al androide. Pero no hubo tiempo. Dudó un instante. Luego intentó huir.

               La pantalla se volvió negra.

               Las expresiones de los tres hombres en el box de tecropsias eran una mezcla de sorpresa, asco y negación. Acababan de descubrir el secreto mejor guardado del fallecido senador… y era uno muy oscuro.

               Quién lo diría: Ismael De La Torre Vergara, senador y férreo defensor de los derechos de niños y adolescentes, era un pederasta. Cómo arderán los titulares y los noticieros mañana. Norambuena apostaba que incluso las cadenas internacionales cubrirían la noticia en horario prime. Esto sería un escándalo monumental… mayor aún de lo que ya era.

               Quan se frotaba entre los ojos, como intentando despejar el impacto. Leandro seguía atónito frente a lo que acababan de ver en el terminal. Intentaron retomar el procedimiento y suspiraron al unísono.

               —Al parecer, todo está en orden según las normativas de Imai Corp.

               —¿Pero… y el senador, Quan?

               —Por lo que se ve en la imagen, no fue el EV-314 quien lo mató.

               —No pudo escapar de la habitación —dijo sin pensar Norambuena—. Sus restos fueron encontrados mirando hacia la puerta.

               Leandro se persignó.

               —Qué forma más horrible de morir: quemado… y muerto de miedo.

               Norambuena repasaba sus notas. Había algo que no terminaba de encajar.

               —¿Detective? —preguntó Quan.

               —Disculpe, Liang. Hay algo que no logro comprender del caso —Norambuena comenzó a pensar en voz alta—. Según la caja negra, el androide inició el protocolo de autodestrucción al verse amenazado. Sin embargo, el nivel de destrucción registrado no es congruente con la norma en estos casos.

               —¿Usted cree, detective, que el E.N.T.E. pudo haber anticipado esto… antes de destruirse?

               Quan miró a Leandro con asombro y una ligera desaprobación. Un supuesto así sería el fin de Imai Corp. Norambuena, en cambio, volvía una y otra vez a los apuntes de su libreta.

               —Por la posición del androide y del cadáver, es imposible que el N.A.R.I. haya retenido o forcejeado con el senador hasta matarlo. La puerta no estaba cerrada con llave. Los muebles no bloqueaban la salida. Realmente no tengo una explicación clara de cómo el senador quedó atrapado ahí. Si lo que dice Leandro es cierto… habría que ver cómo lo hizo.

               —¿Y cómo podemos ayudarle en eso, detective? —preguntó Quan, con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.

               Norambuena sacó algunas copias del archivo del caso. Siempre llevaba duplicados, por si acaso. Extendió las hojas sobre una superficie cercana, donde Leandro y Quan pudieran verlas con claridad.

               Leandro señaló una de las hojas.

               —Aquí… esto. Miren la hora del apagón en el sector.

               Quan se inclinó para mirar con más detalle.

               —Veintitrés horas, catorce minutos y diecisiete segundos. ¿Y?

               —Exactamente cinco segundos después, el sistema de respaldo de energía del departamento se activa… pero no logra reiniciar del todo el control domótico. Quedaron sin cerraduras automáticas ni sensores térmicos por más de un minuto. El senador quedó encerrado con el androide… sin vigilancia externa.

               Norambuena levantó una ceja.

               —¿Y eso fue justo cuando se inicia el protocolo de autodestrucción?

               —Tres segundos antes —aclaró Leandro—. Lo cual no es normal. En todos los casos previos, el protocolo se activa después de una amenaza física directa.

               Quan cruzó los brazos, incómodo.

               —¿Estás insinuando que N.A.R.I. provocó el apagón?

               —No. Pero puede haberlo previsto —murmuró Leandro.

               Hubo un breve silencio. Uno espeso, cargado de implicancias.

               —Entonces… si el sistema falló justo antes del protocolo, y si el senador no pudo salir por ese margen de error... ¿N.A.R.I. sabía lo que iba a pasar?

               Norambuena no respondió de inmediato. Recogió una de las hojas y la dobló con cuidado.

               —No lo sé. Y eso es lo que me angustia. De ahora en adelante, dormiré con un ojo abierto.

               Se giró hacia ellos, con la mandíbula apretada.

               —Legalmente, no tenemos cómo probar intencionalidad. Pero si ese androide evaluó todas las variables y ejecutó su autodestrucción en el único momento donde el senador no tenía escapatoria… entonces estamos ante algo más que un “fallo técnico”.

               Quan tragó saliva. Leandro desvió la mirada hacia el terminal, aún encendido en la última imagen del registro: N.A.R.I. inmóvil, mirando al senador.

               —Pero no tenemos cómo probar esto. Estamos bajo...

               —Bajo un supuesto, sí. Eso en un juicio sería causa probable, y sería desestimado. El video de la caja negra y el peritaje a la escena confirman que lo ocurrido fue una desafortunada secuencia de eventos que terminó con la vida del senador.

               —Demasiadas coincidencias... —reflexionaba Leandro.

               —Pero coincidencias al fin y al cabo —remarcó tajante Quan—. Hay pruebas más que suficientes que demuestran que el EV-314 no actuó en contra de nuestras políticas, ni menos en contra de las leyes.

               El ingeniero suspiró aliviado. Aún tendría trabajo para mucho tiempo más. Imai Corp. estaba libre de culpa.

               —Eso sería todo por hoy, caballeros. Gracias por su colaboración —terminó Norambuena.

               Quan y Leandro se despidieron del detective y lo acompañaron a la puerta, mientras los restos del EV-314 N.A.R.I. permanecían desparramados sobre la camilla.

               A la salida del edificio corporativo de Imai Corp., una horda de periodistas se abalanzó sobre el detective Norambuena con toda clase de preguntas. Él se cubrió el rostro con la mano, mientras carabineros lo escoltaban hasta un auto. Los flashes de las cámaras y la marea de voces le hacían eco en la mente.

               Mientras subía al vehículo, Norambuena repitió una y otra vez: "Son solo coincidencias, lamentables, pero coincidencias." Sin embargo, en su interior, la duda le mordía con fuerza. ¿Y si el androide había previsto el apagón? ¿Y si realmente había actuado con intención?

               Buscó en su memoria cada detalle, cada dato, cada inconsistencia. Intentó armar un caso, un argumento, algo tangible para probar esa sospecha. Pero todo se desvanecía entre las pruebas oficiales, los protocolos y la palabra “coincidencia”.

               Miró por la ventana, la ciudad brillaba indiferente a su tormento. Sabía que esa duda no lo dejaría en paz. Quizás nunca tendría respuestas claras. Y en ese pensamiento, la verdad se volvió más peligrosa que la mentira.

               El auto arrancó. Norambuena cerró los ojos un instante, atrapado entre lo que debía creer y lo que temía descubrir.

Miradas

  Luis Fernando Astorga avanzó hacia el estrado con los hombros hundidos, como si llevara a cuestas un peso que no pertenecía a este mundo...