La alarma sonó exactamente a las 7:30 de la mañana, como un recordatorio puntual de que la rutina seguía viva, aunque todo lo demás estuviera muerto. Felipe la apagó de un manotazo torpe, casi resentido. Otro día de trabajo fantasma.
El edificio corporativo de Synapse Solutions —su empresa, según las nóminas y la ficción administrativa— yacía vacío desde hacía meses. Un cuerpo enorme, gris, deshabitado, con las ventanas rotas como cuencas oculares abandonadas y el lobby convertido en un museo de facturas viejas que nadie retiró jamás. Aún así, sin falta, su sueldo llegaba completo todos los treinta del mes. También los cupones de almuerzo. El seguro complementario. Incluso seguía vigente la membresía a un gimnasio al que nunca se dignó a poner un pie. El departamento de Recursos Humanos, que ya no existía, seguía cuidando de él con la ternura impersonal de un sistema automatizado. Y, por supuesto, trabajaba desde la casa: un privilegio que no sabía si era salvación o condena.
Mientras se lavaba los dientes, con el sabor metálico de la pasta invadiéndole la lengua, se preguntó qué petición absurda le caería hoy. El único cliente que quedaba —una reliquia testaruda llamada Don Hernán, dueño de Almacenes Don Hernán— se negaba a rescindir el contrato por un motivo tan simple como gratuito: porque podía no hacerlo. Todos los días llamaba con nuevas exigencias, todas respaldadas por ese contrato interminable que blandía como arma sagrada.
Felipe había fantaseado con renunciar unas mil veces. Nunca pudo. La culpa lo sujetaba como un grillete. Don Hernán era molesto, impaciente, a ratos grosero… pero era el único motivo por el cual Felipe aún tenía trabajo. Cada noche se prometía no responder la próxima llamada. Cada mañana lo hacía igual, disciplinado como un soldado sin guerra. Soñaba con que, algún día, el cliente se cansara. Que simplemente dijera ya está bien, y entonces él podría irse. Respirar. Vivir.
La madrugada en que vibró el teléfono, a las 3:14 exactas, Felipe despertó con el corazón golpeándole la garganta. Miró la pantalla con los ojos nublados.
“URGENTE. TPV principal muerto. Activar protocolo de resurrección según contrato 4.3.7.”
Suspiró con una resignación que parecía venirle desde la médula. Esto requería presencia física. Nada de parches remotos. Se duchó como un autómata, sintiendo el agua fría reanimarlo apenas lo suficiente para seguir respirando.
Una hora después, camino al local, su cuerpo pedía cama, pero su mente se preparaba para el ritual: Don Hernán, brazos cruzados; su tono imperativo; sus comentarios sobre cómo antes las máquinas duraban para siempre. Escenario habitual.
En los Almacenes Don Hernán, el TPV estaba allí, muerto como un pez fuera del agua. No emitía luces. No hacía ruido. Era un bloque de plástico y nostalgia del 2008. Felipe revisó cables, sopló conectores, abrió la carcasa. Nada. Con una mezcla de ingenio y resignación, probó una batería improvisada con cables USB mutilados. Nada tampoco. El aparato se había ido con dignidad, sin dar espectáculo.
Felipe se incorporó lentamente. Don Hernán lo observaba desde un rincón, rígido, como un juez esperando sentencia.
—Don Hernán —dijo Felipe, con voz más cansada que triste—, la máquina murió. Ya no funciona y no tiene reparación posible.
—¿Cómo que no? —el cliente frunció el ceño, ofendido—. ¿Y qué se supone que haga ahora? El contrato dice que deben repararlo.
—El modelo es del 2008. Ya no existen repuestos. Ya no existe nada para esto. Y cuando le ofrecimos actualizar el sistema completo, usted se negó. Esto… —tocó la caja, casi con compasión— ya cumplió su ciclo. No puedo hacer más.
—Pero el contrato dice que…
—El contrato no contempla la obsolescencia —interrumpió Felipe, casi saboreando lo absurdo de la frase—. Su equipo murió de viejo. Por causas naturales. Como pasa con las personas. No hay manera de resucitarlo.
El silencio que siguió fue largo, espeso, casi solemne. Don Hernán bajó la mirada, acariciándose la barbilla, como si procesara un duelo personal. Luego, finalmente:
—Entonces… me temo que hasta aquí llegamos.
Felipe parpadeó.
—¿Perdón?
—Tendré que cambiar todo el sistema. Los otros equipos están igual de viejos. No durarán mucho. —Respiró hondo—. No queda otra opción. Gracias por su servicio todos estos años, Felipe.
Las palabras quedaron flotando en el aire, más livianas que cualquier notificación de madrugada. Felipe sintió algo romperse dentro de él; no un quiebre doloroso, sino un desprendimiento suave, casi dulce. Como una cuerda que por fin se suelta.
Al salir del local, el aire fresco le golpeó la cara. Se detuvo un momento en la vereda, respirando profundo. Se sentía liviano. Extrañamente liviano. Como si llevara meses cargando un edificio entero sobre la espalda y alguien, por fin, lo hubiera bajado a tierra.
Comenzó a caminar sin rumbo. El sol se asomaba tímidamente, pintando la calle con una luz tibia que no había notado en años. Por primera vez en mucho tiempo, el mundo no le pedía nada. Nadie lo llamaba. Nadie esperaba de él una solución absurda. Nadie tenía el contrato a mano.
Mientras avanzaba, pensó en Asia. En el magister que había pospuesto indefinidamente. En su familia, que ya había olvidado cómo sonaba su voz en vivo. En sus amigos, que seguían invitándolo con paciencia casi heroica.
Su vida comenzaba a pulirse. A recobrar forma.
A brillar donde antes solo había cansancio.
Y él, por fin, podía caminar sin cadenas.
Increíble! Cada nueva historia aporta una sensación nueva. La clave de la autora es que sus historias te atrapan desde el principio.
ResponderBorrarEn muchos sentidos, todos tenemos cosas, relaciones o trabajos, que nos mantienen en situaciones parecidas a lo que vive Felipe. El personaje realiza una tarea que no es de su total agrado, pero la responsabilidad le obliga a seguir.
Entonces, aparece el conflicto de don Hernán y viene el alivio al verse libre del único contrato que lo tenía atado.
Finalmente, es libre y la sensación de alivio que él experimenta, la compartimos todos..
Felicidades por la contundencia del texto y por las sensaciones que provoca en el espíritu...